sábado, 20 de junio de 2015

fracasamosSSSSS

Antes de morir, mi madre me enseñó a tejer patucos y desde entonces, no puedo parar. Los hago de todos los colores y los vendo. Con lo que gano, pago las entradas del teatro. A veces me río tanto que los actores me miran y me guiñan un ojo, agradecidos. En casa tenemos una hilera entera de butacas. Las recogimos cuando reformaron el Principal. Son tan cómodas, que parece que has pagado por ver la teletienda. Es algo mágico. Sombras que se proyectan sobre la pared. El sonido, apenas audible, porque mientras, la bestia duerme.
Hay un oso de porcelana encima de la tele. Le falta un brazo. Habrá recibido algún golpe. Con el otro acaricia su tarro de miel. No hay objeto más singular que una cuchara tallada en forma de avispero. Si fuera negra, llevaría una colgada en cada oreja, destacando sobre mi piel. Empiezo a notar un sarpullido. Es interno. No hay motivo para rascar. Si me picase la espalda, me frotaría contra el marco de una puerta. Pero tengo un plan mejor. Enciendo un cigarro y veo series rosas. Me llegan mensajes. Tenemos que quedar. Necesito hablar. Qué horas. Cuando nos tomamos algo me cuentan su vida minuto a minuto. Yo estoy a otra cosa. Como no hablo, me dicen que sé escuchar. Que comprendo a todos. Que no juzgo. Pero es que me aburro. Y pienso que si las aguas fecales van a dar a los ríos, que absurdo lo del reciclaje de papel, plástico y vidrio. Mientras, siguen. Dale que dale. Y a mí sus tonterías me interesan un cojón de pato. Pido un café solo y sin azúcar. No quiero dormirme en su cara. De repente se levantan y se van, dicen que les está pasando el bus, o que los está llamando un ligue. Me sueno en una servilleta y cojo el periódico. Escupe sangre desde la primera página.
Si alguien se pega un tiro y eres muy pequeña, puedes confundir el líquido rojo con pintura de paredes. Crees que los Reyes Magos no son concejales y te pones histérica cuando alguien te cuenta el cuento de la buena pipa. Puede ocurrir que luego crezcas. Y que acabes haciendo de Papá Noel en cualquier centro comercial. Contándole a un niño absurdas historietas. Ésta es real como las burbujas de una gaseosa. El abuelo ha llegado a casa. De madrugada. Sin permiso del hospital. Ha sacado su escopeta de debajo de la cama. Los cartuchos de colorines, del cajón de la mesilla. Ha entrado en mi habitación y ha confundido los dos bultos con una trinchera enemiga. Ha gritado ¡fuego a discreción! y el tiro ha rebotado en el ángulo de la pared. Papá se ha incorporado de un salto, desnudo y fláccido, a tiempo de quitarle el arma de las manos.
Hablo en tono tranquilizador y acompaño al desorientado sonámbulo a su catre. Estás sangrando, me dice. Gracias, abuelo. No te preocupesLo tumbo y cierra los ojos.
Oigo una respiración agitada. Susurran mi nombre. Gatean por el pasillo. Me piden que avise a una ambulancia. Parece un infarto. Necesita una Aspirina, pero ayer me tomé la última. 
Vaya. 
El teléfono brilla al fondo del salón. Desconecto la clavija y escucho sus lloriqueos. Morirá mientras me desmayo. No llego a perder el conocimiento y sólo cuando despierto, comprendo que ha sido un maravilloso sueño.
Mi sacudida lo desvela. De nuevo excitado. Y furioso. 
Espero a que acabe para hacerme la dormida, aunque el dolor es irresistible. En unos minutos se ducha y silba canciones del Lejano Oeste. Se marcha a trabajar mostrando cierta piedad. Desayunará en el bar, así que salgo de la cama. Sigo sangrando y gateo, porque ha sido violento como un parto. Tarareo una preciosa nana, porque eso es la inocencia, un bebé entre las manos. Vomito y dejo que el desagüe se lo lleve. Pierdo las fuerzas abrazada al váter, que está frío como un depósito de cadáveres. Me acuclillo rota sobre el bidé. Pongo una toalla y el relleno de una almohada.
Paciencia.
El contagio llegará. Y construiré una vida nueva sobre sus cenizas.
Me coloco un par de compresas y empujo un lingotazo de ginebra, que ayuda con el escozor. La inocencia no es una copa de menos. Vino y cerveza sólo provocan estados de ánimo. En mi caso, somnolencia. Pero me despabilaré. Saldré de casa. Buscaré nuevos clientes. Iré al mercado. Haré la comida. Veré una obra de teatro. Leeré un buen libro. Pasearé por el parque. Liaré un pitillo. Visitaré al abuelo. Volveré para la cena y estaré abierta a lo que él disponga.
Porque no podrá cambiarme.
La inocencia está en mi mente y nada puede pervertirla. Ni las letras de Pink Floyd, ni la poesía de Bukowski. Tampoco este líquido bermellón, que da forma a un coagulado charco.
Son ellos y no yo, los que han fracasado.
Porque ya no es sangre para mí, esto que veo. Nunca lo fue. Hoy lo sé. Es la pintura fresca de una pared sobre la que colgar, muy pronto, mi reloj nuevo de cocina.


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