lunes, 16 de noviembre de 2015

Hombres muertos que caminan (74)


_la corriente
Nada era diferente. Lo único diferente eras tú.
No es que fueras mucho mayor o algo así. No era eso exactamente.
Eras diferente, eso es todo.

            No era corriente y lo demostraba a menudo.
Detestaba que los demás tuviesen que doblegarse ante determinadas injusticias. Por eso ponía todo su empeño en alcanzar pequeños logros que parecían un imposible.
El día que vino a visitarme salimos a pasear con mis abuelos por el parque. En una de las terrazas, una hirviente pareja de maricones.
Mis viejos los espiaban de medio lado, incómodos y escandalizados, haciendo ademanes para que nos largásemos cuanto antes de allí. Pero cuanto más escandalizados se mostraban, más sonriente y testaruda ella, disfrutando de aquel apacible domingo. Por eso, en cuanto hicieron el intento de levantarse, se giró hacia mí y me arrimó los morros, lengüetazo incluido, durante al menos medio minuto.
Hasta los gays se quedaron sin habla.
En lo que respecta a mis abuelos, se hundieron de nuevo en el hoyo de sus asientos, abrumados ante aquel gesto falso, pero real.
La verdad es que no estuvo mal, aunque yo estaba muerta de vergüenza.
Pero mientras a mi familia se le derrumbaban los esquemas, ella allí, como si nada, descojonada de la risa, gozando de una situación que, cuando menos, permitió que nos terminásemos las cervezas y los cacahuetes.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Hombres muertos que caminan (73)


la maldad_
Me cago en el que se inventó los complejos
 y me cago en su puta madre.

Era muy tarde, pero en las calles no cabía una víscera más.
De cada pub salían docenas de universitarios celebrando cualquier cosa, y pensé en lo fabulosa que había sido aquella época para mí.
Hasta que lo encontré en un portal, llorando. 
 
Me senté a su lado y limpié el rimel que le chorreaba por la cara. 

Tenía unos preciosos ojos negros, a juego con una personal manera de vestir, de ser, de enfrentarse, llena de picos, calaveras y cadenas. 
Es lo extraño, es el contraste.  
El roto, por dentro.
Su mejor amiga lo había dejado tirado para ir a reconciliarse con uno al que se tiraba, así que se arrimó a una pared mientras se le pasaba el mosqueo, poniendo posturitas interesantes. 
Bingo. 

Se le acercaron un par de tipas, subidas de maquillaje y de copas, pero se lo quedaron mirando como gilipollas. Qué triste y repetitivo es todo. Qué cruel es el cerebro, qué débil, el corazón. 
Una de ellas, la espectacular, se lo escupió a la cara:
pero que cosa más fea y más fofa que eres.

Y él, incluso así de adornado, no pudo enfrentarse a algo tan árido, a esa verdad sin filtro, a esa maldita noche. 
Y se quiso morir.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Hombres muertos que caminan (72)


_la bondad
Reclamo el derecho a ser desgraciado.

Brotes de esquizofrenia.
El primero me dio cuando pasaba consulta. Se enteró todo el centro, porque le di un barrido a la mesa y me fracturé un tobillo al reventar la ventana de una patada. Los pacientes observaban aterrorizados, o eso fue lo que me dijeron. Después, cuando me puse a tratamiento. Ahora voy tirando, más o menos, asimilando de otra manera las penas que llevo dentro. Cuento con la ayuda de un colega psiquiatra, que sé que no me miente cuando dice que pronto volveré a estar en activo, pero por el momento llevo una vida totalmente rutinaria. Soy metódico hasta en mis horarios, por prescripción profesional.
A veces me encuentro a gente conocida, que me agrede con un cambio en su actitud, que se hace el avión para no tener que saludarme. Seguro que tienen miedo, pensarán que veo dragones o algo así y no es que me parezca mal. Desde luego no los culpo, es sólo que me apena profundamente toda esta situación.

Esta semana, sin embargo, ha arrancado de fábula. Me han ofrecido volver al trabajo y hemos firmado mi regreso para principios del mes que viene. También me he encontrado a una paciente, una de las clásicas, de las fieles, que se ha parado para cubrirme de elogios. Me ha dicho que se alegraba mucho de verme, de que todo fuese bien y que siempre había tenido ganas de transmitirme su opinión sobre mí, desde que la visité en su casa fuera de hora, para curarle aquel sarampión con neumonía. También que era una buena persona, realmente buena, recalcó. Una de las pocas con las que se había encontrado y de las que había seguido pensando exactamente igual después de tantos años. Mis madrugones para pasar consulta antes de tiempo sin que se formasen colas, mi paciencia con las disputas en la sala de espera, mi trato considerado y atento, la manera en que hice de mi lugar de trabajo algo mío y de ellos, sería algo de lo que nunca se olvidaría. Parece que siempre había querido decírmelo, ella creía que las cosas buenas hay que comentarlas, que después la gente desaparece de nuestras vidas y ya no hay manera. Me dijo: sólo quería que lo supiese.
Y se fue así, dejándome profundamente agradecido.

Pero hoy se torció todo de nuevo. El día amaneció horrible y otra vez me encuentro braceando contra todos los objetos de mi casa. Acabo de leer la noticia en el periódico y no me sostengo, porque sé lo que se siente cuando no eres capaz de sentir nada y porque me odio por no sospechar que lo que no se veía, estaba teñido de la más absoluta melancolía. Por no adivinar que no existe en el mundo persona capaz de aparentar ser tan feliz, además de serlo.
Lo hizo ese mismo día, después de nuestro encuentro, y yo como un imbécil, ensimismado con sus halagos, sin rendirme a darle un abrazo que le llenase los pulmones de aire para ayudarla a superar otro día, como tantas veces se me hizo necesario a mí, como hizo ella conmigo.
Llenarle el corazón de alegría por Cristo...
Y recaigo, recaigo, no hay que ser muy listo para ver que voy de mal en peor. Y cómo no va a ser así, si no hice nada. Para qué me sirvió tanta bondad, eh, para qué, para qué si no soy útil más que para hacer daño a los demás y a mí mismo. En que empleé todo lo que ella vio, si sólo pude curarla de un miserable sarampión... pero qué tipo de persona soy, qué tipo de médico de mierda... No vuelvo, no vuelvo, no puedo volver...

viernes, 13 de noviembre de 2015

Hombres muertos que caminan (71)


personas_
Tal vez después de muchos años
te acercarás a mí y me darás las gracias.

Conoces a personas detestables y dañinas. Te relacionas con ellas porque toca, aunque golpean. El día a día es una grisalla, una amargura, un asco, así que accionas con tu mente una guillotina que las deje sin ideas. Sonríes.
Sueños frustrados que tiene una.

Luego están los neuróticos, maniáticos, amargados a los que casi no te atreves ni a tratar porque no sabes cómo, porque no se les puede ni respirar al lado sin producirles una úlcera de estómago. Son seres extraños, una especie en extinción, intocables que eligen no dejarse querer más que en la distancia, aunque si dedicas algún tiempo a observarlos, tan sólo un poco, dejarán que te confunda ese otro lado maravilloso que poseen.

De pronto, un día, llega lo raro, lo extraordinario, lo único. Conoces a alguien bueno. Bueno. Bueno de verdad. Y aprendes su lección.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Hombres muertos que caminan (70)


_animales urbanos

Me sonrió porque sí, para hacerme feliz.

Sus visitas siempre resultaban inesperadas. No seguían un orden, no había desarrollado una costumbre. Podía venir cinco veces por semana, o desaparecer durante un par de meses. Lo único seguro, era que volvería.
Prefería el atardecer, cuando algunos ya se habían ido y el resto no había llegado. Quería asegurarse un par de horas libres, a precio de café.
Con eso bastaba. Con estar aquí y dejarse engañar por este olor, por estos ritmos. Verlos ir y descansar de todos, del mundo. Bailar con el perchero. 
Dejar atrás un día e intentarlo de nuevo con el siguiente.
Me gustó de ella que fuese ella, que no intentase disimular su tristeza, ni su ira, ni su alegría, ni su curiosidad. Que no se tomase la vida como un trabajo en el que resulta imprescindible caer bien.
Se le notaba alguna que otra herida, pero era algo más lo que nos unía. Era aquella mirada, impropia de un animal urbano.
     Una noche se fue de aquí dejando sobre la barra una lista de palabras.
Y ya nunca más regresó.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Hombres muertos que caminan (69)


corazones de papel_
 Reconcíliome coa vida mascando o corazón de papel.
¿É dixestiva esa felicidade?

          No había conocido a nadie que regalase libros con tanta frecuencia. Pero puede suceder que por casualidad, al menos una vez en la vida, encuentres a un ser que haga algo a cambio de casi nada, y no quieras perderlo de vista nunca más.
Siempre quise preguntarle cómo y por qué las elegía. Aquellas palabras anotadas en pequeños recortes de papel que iban a parar al interior de una tulipa pintada a brochazos. Unas estaban repletas de tristeza, otras de picardía, y las demás eran el simple reflejo de lo cotidiano y de la vida.
No seleccionaba previamente al afortunado, sino que dejaba ese encargo al azar y a las propias palabras, que todos los días nueve a las nueve de la noche, repartía entre quienes lo acompañaban. Sólo aquella que coincidiese con la que alguna mano no inocente extraería de una tulipa, se llevaría el premio y en consecuencia, el paso a nuevas palabras, que aguardarían pacientes la siguiente ocasión.
En cada entrega, capturaba el alma del afortunado con una Polaroid, a quien proporcionaba, además de alegría y curiosidad, alimento para su corazón de papel.

¿Son culpable de querer morar na cociña das formas e das cores?
¿A subxectividade da pintura é inocua?
¿Comunicarei algo?
- Si
- Non
- Si
- ???
Non hai máis preguntas.

martes, 10 de noviembre de 2015

Hombres muertos que caminan (68)


la soledad_
Supongo que es imposible entrar en la soledad de otro.

Estamos solos. Verdad verdadera.
Somos humanos. Seres frágiles y mentirosos que tienden a asociarse, a intercambiar alianzas. A obligarse a. A prodigar su felicidad como tórtolas. A poseer. Un objeto, un puesto, una persona. A intercambiar las caretas para esquivar el hecho de que nadie podrá estar nunca en nuestro lugar, que cada uno tiene el suyo y que cada uno de estos, es ajeno a los demás.
Pero somos egocéntricos. Necesitamos sentirnos alguien, ser importantes, contar con un público, aplausos, aunque como en el teatro, la vida también se repite y va perdiendo espectadores. Primero la familia, más tarde los colegas y por último la pareja, la definitiva gran decepción. En cuanto decae la obsesión sexual, regresamos al anonimato. De ahí que nos reproduzcamos, para volver a ser alguien en la vida de otro. Los más importante. Para tener el control y que dependan de nosotros hasta que crezcan y volvamos a estar como al principio, claro, pero mucho peor. Porque para entonces, sin comprender muy bien cuándo sucedió, ya nos habremos convertido en el principal enemigo.
El paso de la vida no es más que la lucha del hombre por aplazar su problema, su incapacidad para reconocer la individualidad, para reconocer que está solo.
De ahí su principal temor, su miedo a la muerte.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Hombres muertos que caminan (67)


el sexo_
Antes de saber lo que es
ya has oído la palabra puta unas cien veces por lo menos.

          Cuando pensaba que no te pensaría más, volvía la necesidad de tu presencia. Sonriente y extraña. Tímida y egoísta. Libre. Y genial.
Y otra vez el corazón encogido. Y el estómago, hecho una arruga.

No quise luchar contra la consciencia de que seguías en mí, de que nunca te dejé salir aunque entreabriera la puerta, pero pasaba el tiempo y pasaban otros que no pesaban lo suficiente, que ni en sueños tendrían algo que hacer, aunque yo lo deseara.
Por eso, a veces, me sentía como una puta.
Me daban asco todas aquellas manos, los cuerpos que se me arrimaban llenándome de residuos, transmitiéndome su hastío. Y no había manera de liberarse de la náusea.

Pero pasaban algunas horas, las semanas. Y de pronto volvía a ser ella, la ciudadana honrada y pura que todos esperaban. La niña, de nuevo la niña, siempre la niña, para tenerlos contentos.

Todo es falso. Todo es mentira.