Sé que en otra vida he sido fumadora empedernida. Y lo intuyo al sentir mi cara de deseo cuando veo las diferentes poses de la gente fumando ante mí, ignorando mi estremecimiento. Es una broma y a la vez verdad, esto que digo. Cuando se aprobó la Ley Antitabaco, pensé sinceramente que el mundo se vendría abajo, que millones de cuerpos explotarían, que arderían los contenedores y las calles. Pero nada. Rien de rien. La gente se acostumbró a ello como nos acostumbramos a la corrupción, a la guerra y a la calle de las putas. La mitad de la población, feliz porque su pelo ya nunca más olería a tabaco al salir de un bar. La otra mitad, sencillamente claudicó. Hay algo de chulería, de superioridad, de sensación de haber ido y estar de vuelta, en esta cosa del fumar. Eso es lo que me gusta, claro y no que cause impotencia, como especifican ahora las cajetillas. Fumar te da un aura de misterio, te coloca en un lugar específico y te cataloga, como mínimo, como nuevo rico. Pero el precio es lo de menos. Lo que importa es a dónde te conduce cada calada, dónde te sitúa, a dónde te lleva. Alguna vez he ido al estanco del Calvario a comprar Golden Virginia y lo he liado mientras escribía en mi portátil. Como se ha hecho siempre. Buscando la inspiración. Pero nada. Alguna vez le he encendido un cigarro a alguna amiga fumadora mientras ella conducía y me decía: "qué estilazo." No me extraña. Sé que lo he hecho otras veces. Sé que se me da bien. Con todo y con eso, la educación que he recibido me ha marcado e impedido que fume. Pero admito que nada me gustaría más, como acto de rebeldía, que mandar a la mierda al Estado y a mis queridos padres y ponerme a tragar humo como una condenada. Así que al tiempo.
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