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lunes, 17 de febrero de 2025

Cómo superar la muerte de una perra.


A mi hermano.

Susana y Kira. Amor a primera vista.
Foto: Jorge Pereira Fiuza

Querer a un perra es algo relativamente sencillo. Un día llega, te mira, te olisquea con su trufilla húmeda, te pega un lametazo. Y ya estás jodida. Has caído en la red de sus miraditas y  gimoteos de cachorrilla idolatrable. No es tuya, pero como si lo fuera. La ves cuatro veces al año, pero qué cuatro veces, oiga. Todo son sobeteos y rascadas de panza. Babas por aquí, mordisquitos por allá. Paseos hasta el riachuelo, brincos de felicidad. Querer a una perra está tirado, desde luego, y desear que no se muera nunca, es algo comprensible. Pero un día, ese día llega. Está viejita, es mayor, respira mal, oye poco, apenas ve, se atraganta y una mañana, deja de ir a buscar su galleta de recompensa. Un día se muere y ya. Con la muerte se van los ladridos, las marañas de pelo, los truños por el jardín. Se va su cara de felicidad al ver a sus dueños, el lamer sus muñecas, el masticar piedras y pelotas de tenis, el gruñirle al vecino que le cae mal. Un día deja de responder al nombre de Kira, desaparece su cuerpo y no vuelve más. Para superar la muerte de una perra ha habido que quererla, que alimentarla, que acariciarla, que nombrarla miles de veces. Por eso hay que seguir hablando de ella, sonreír con sus travesuras, recordar sus momentos míticos. No es obligatorio sustituirla inmediatamente por otra y llamarla igual, hay que enmarcar su mejor foto y sonreírle, hay que recodarla desde la alegría de sus trece años de existencia y no desde el dolor de su pérdida. Para superar la muerte de una perra es necesario ser fuerte e inteligente, realista y capaz, tener claro que toda vida se acaba y evitar el drama. Hay que retirar su pienso y su mantita, despedirse del cadáver con dulzura y dejarla ir, compartir el duelo con la familia y quererse, como ella nos habría querido, aprendiendo a vivir un poco, siguiendo su ejemplo disfrutón y cariñoso, traviesillo y feliz. De vida perruna :).


 Vídeo: Kira y Nube



lunes, 23 de diciembre de 2024

Me acuerdo (51)

Me acuerdo de algunos elementos de la tabla periódica.

Me acuerdo de la temporada en que no veía nada de televisión.

Me acuerdo de ir en el coche con mi padre por las mañanas, escuchando a Iñaki Gabilondo.

Me acuerdo del miedo a la muerte que tiene mucha gente de la que conozco.

Me acuerdo del sabor amargo del mate y del lugar donde lo probé por primera vez.

Me acuerdo de haber comprado, y también regalado, algunas obras de arte.

Me acuerdo de haberle encendido varios cigarros a alguien, que me dijo que tenía un estilazo fumando.

Me acuerdo de que mi abuelo, a los dibujos animados, les llamaba monacaquís.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Me acuerdo (38)

Me acuerdo que mi madre y yo estábamos arrancando el papel de la pared del pasillo, cuando paramos un momento y encendimos la tele para el telediario, y vimos entonces como dos aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas de Nueva York. Mi hermano dormía la siesta, así que lo desperté y le dije: "se va a liar una buena".

Me acuerdo de sellar lotería todas las semanas, sin llegar a perder jamás la ilusión de que me vaya a tocar.

Me acuerdo del olor a muerte una vez que visité una fábrica de curtidos de piel de vacuno y vi parte del proceso de curtición.

Me acuerdo de haber alquilado un coche y haber recorrido parte de Galicia durante diez días, usándolo a veces, para dormir en él.

Me acuerdo de cómo se hacen las pulseras de hilos con frases o palabras, normalmente, un nombre.

Me acuerdo de mis amigos con frecuencia.

Me acuerdo de llegar al Livro do desassossego de Pessoa porque Saramago lo citaba en sus novelas.

Me acuerdo de ver llorar a una amiga y dejar que lo hiciese sin asustarme por ello.

lunes, 18 de marzo de 2024

Me acuerdo (11)

Me acuerdo de ir escuchando los podcasts de Isabel Coixet, Alguien debería prohibir los domingos por la tarde, y Grandes Infelices, de Javier Peña, los domingos, en el bus, rumbo a Vigo.

Me acuerdo de la gracia que me causa ver a  los perros comer hierba.

Me acuerdo de cuando se te quedaba enganchado el pelo en los remaches de las sillas del colegio.

Me acuerdo de los calendarios de bolsillo con chistes picantes.

Me acuerdo de los maravillosos ojos verdes de Gael García Bernal en Amores perros.

Me acuerdo del tapón naranja del lavavajillas Mistol.

Me acuerdo del helado al corte.

Me acuerdo del día de la muerte de mi madre.

martes, 8 de noviembre de 2022

La sombra del ciprés

Fotografía: efialtes_fernando gonzález

 La tumba de mi madre está a la sombra de un ciprés. Ella se murió y no hay nada que pueda hacer para que vuelva, salvo recordarla cada día de la vida que me queda. Y eso hago, de momento, olvidarme de olvidarla. Mi madre era la típica tía que no se quería morir ni a tiros, pero se ha muerto, repito, aunque de pequeña yo pensaba que eso jamás le pasaría. Hizo lo que pudo, la verdad, pues fue inmortal hasta este 16 de febrero, día en que todo acabó, a sus 76 años. La muerte de una madre sólo sucede una vez, y es suficiente. Una vez ocurre, ya no es posible escucharla, abrazarla, ni preguntarle por su pócima sabrosa de licor café. Su presencia sonriendo, cocinando, peinando mi pelo alborotado. De mi madre solo me quedan mi padre, mi hermano y Toby. Todo lo demás son objetos que me la recuerdan, pero que no me quieren como ella. Desde su muerte, no he dejado de ver mariposas blancas, algunas, dentro de casa. Me gusta pensar que son ella, que desde algún lado viene a vigilar, a cuidarme. Cada uno se consuela como puede. Imagino que es demasiado pronto para aceptar de una manera radical que no la volveré a ver, que no puedo llamarla, que ha desaparecido, que debo sacar ya su ropa del armario. Sólo me queda la posibilidad de un sueño al azar y visitar su tumba, su tumba blanca -como las mariposas-, bajo la sombra de ese viejo y triste ciprés del cementerio de mi pueblo.

viernes, 8 de octubre de 2021

La crueldad

La vida es puta y cruel. Mientras se inauguran centros comerciales cada vez más grandes, sigue muriendo gente. Una amiga, un familiar, o el padre de tu camarada, quien te regaló hace años tu taza favorita de los Fraggle Rock. Dice Ray Loriga en uno de sus libros que dos días distintos te convierten en dos personas diferentes. Creo que, después de una muerte, esa diferencia se acrecienta. Perder a alguien no siempre ayuda. Pero a veces ocurre. A mí, me ocurre. Me ayuda a valorar un poco más todo esto que me rodea, a clasificar prioridades, a sentir las cosas con mayor intensidad, a querer aprovechar el tiempo que me queda, a saborear cada galleta que me ponen gratis con el café. Aprendemos tarde, a veces nunca, a disfrutar de verdad. Pero quien más quien menos espabila cuando la gente a la que aprecia y sobre todo a la que quiere, muere. Y comprende que esto es finito, que se agota. Que ayer estabas y hoy ya no estás. Dijo Mario Benedetti que "Después de todo, la muerte es solo un síntoma de que hubo vida". Resistamos, pues, de la mejor manera posible. A pesar de lo trágico. A favor de lo bueno. Y vivamos.



miércoles, 22 de septiembre de 2021

Ha pasado un minuto y queda una vida

"Después, el silencio definitivo. 
Después, es darse cuenta. Después no está tu mirada, ni tu voz, ni el color de tus manos. Después no te levantas de la cama, no caminas, no te sientas, no te mueves más. Después no hay canciones ni besos ni bailar sobre tus pies ni tocar guitarra ni preguntarte algo. Después no queda nada. Después es darse cuenta de que solo ha pasado un minuto y queda una vida."

                                    Gabriela Consuegra
                                    Temas de hoy

jueves, 8 de abril de 2021

Aceras sucias

A veces me gusta la realidad y a veces me espanta, aunque casi todo el tiempo es solo eso, un montón de chicles aplastados sobre una triste acera gris. La realidad te provoca, te cabrea, te supera, te destroza. Es como un tren de alta velocidad sin paradas, un niño que te llama gorda, fea, tonta. Oscura como una cáscara podrida de melón, como el más íntimo de nuestros deseos, es esa braga manchada de sangre en el cesto de la ropa sucia. La realidad nos espera y nos hiere. Puede atacar con sutileza o con pasión, pero siempre se venga de nuestro vano intento por encontrarnos bien. Porque está hecha de lija, es un estropajo, zumo de limón exprimido sobre unos brillantes ojos verdes. A veces, tú también te pones chulita y le haces la zancadilla, consigues ser feliz por un instante y te olvidas de la muy puta. Pero ella siempre vuelve. Despiadada y cruel. Vibrante e inocente, como un sonajero. La realidad, en realidad, es la muerte. Y está dentro de ti. De nada sirve evadirse, ignorarla, pasar de su culo. Porque lo impregna todo, con su hedor insoportable, con su sudor. La realidad, tarde o temprano, podrá con nosotros. Pero lo que ella desconoce, y que se joda, es que siempre nos quedará el mientras tanto, para hacer con él, lo que nos dé la reputísima gana.


lunes, 7 de octubre de 2019

A la memoria de Carmen


Se acabó.
De repente, te has muerto.
Y ya nunca más podré verte,
ni escucharte, ni olerte.
No volveremos a hablar
sobre aquello que nos preocupa,
y que nos hace infelices.
De repente, todo se ha muerto:
la carcajada que te tenía preparada,
el último retazo de alegría
te los has llevado hoy,
cuando la vida continúa
con toda su crueldad.
Pero sé que te recordaré
cada día, cada mes, cada año, un poco más,
sé que no te irás nunca del todo
porque lo que has volcado en vida
es demasiado bueno, demasiado bonito,
demasiado brillante
como para pasar desapercibido
a mi apenado corazón.

Te quiero, Carmela.


jueves, 1 de febrero de 2018

Un hospital inteligente ;)

A mi madre, que NO SE RINDE.
A mi hermano, por su trabajo. Y por cuidar de ella.

A todos los que me conocen, 
para que se vengan conmigo de manifa :). A Carmen.

     Soy orensana y, para más INRI, de barrio. Así que cuando hace algunos años me dijeron que se iba a construir un hospital inteligente en la ciudad, me dio un vuelco el corazón. Es que, además, soy de letras. Y claro, me mueven las emociones. Joder, qué alegría, pensé. A ver si por fin salimos del hoyo y, ya de paso, del baltarismo. Pero nada, oye, otro palastrazo que me he llevado esta semana, sin comerlo ni beberlo.  

Asco-de-vida :(.
  
     A ver.
     Es que se rumorea... pero se rumorea de verdad, que lo de los recortes en la Sanidad Pública, ES UN HECHO. Y aún peor -tú difama, que algo queda- que LO VA A SEGUIR SIENDO.
     Pues vaya mierda, pienso ahora. Y es que claro, el tiempo, -ay el tiempo-, lo va poniendo todo, y a todos, en su sitio, incluido el nuevo parking que han habilitado para uso y disfrute de trabajadores, pacientes y familiares, en el que te calcan una pasta por la hora. Eso sí que es inteligencia y no lo de antes, cuando éramos completamente gilipollas y podíamos aparcar en cualquier sitio, -porque había sitio- y gratis, como salvajes.

     Vale, vale. Que se me ve el plumero, sí. Que se me nota, joder, que se me nota y que solo estoy parcialmente de acuerdo con lo que ha dicho Jordi Évole el otro día, con lo que él es, para este país, cada día más de color verde Esperanza. Ah, no. Que eso es azul. Bueno, que ya sabéis a qué me refiero, a lo de que estamos anestesiados. Que no Jordi, que no, que te equivocas coño, que NO. Que ya no hay pasta para anestesias joder, que nos operamos demasiado, que a ver si te coscas del asunto y le dedicas un Salvados, que te lo tenemos que explicar todo desde el otro extremo o, mejor dicho, desde la distancia (que aquí en Galicia, somos muy de centro). No, Jordi, no, que no te enteras. Que estamos indignados, aunque no se note. Ah -la indignación-, esa mágica palabra que está re-poniendo de moda el ex-juez Baltasar Garzón con su nuevo libro de magnífica portada y que por supuesto voy a leer, -se ponga como se ponga Federico Jiménez Losantos-, a quien también escucho para equilibrar la balanza, echarme unas risas y aprender, de paso, algo de geografía.


    Y es que, en este bebedero de patos, todo el mundo tiene algo que decir. Faltaría más. Yo, así, a nivel particular, digo, por ejemplo, que estoy HASTA LOS COJONES. Y empleo esa expresión, sí, tan denostada en este comienzo de siglo, pero a la vez tan efectiva, porque te asegura que el mensaje llegará a tOdO el mundo.

     Estoy indignada y no anestesiada. Y te aseguro que esta indignación se volverá activa para que se active, aunque solo sea por mímesis, la del pequeño círculo que me rodea, que quizá no se mueve por un principal y único motivo, que los gallegos solemos llamar medo y también, por qué no admitirlo, algo de modorra. Dos palabras que no sé pronunciar en catalán, para mi desgracia, ya que parece que es el único idioma en el que se imprimen las noticias de este país en los últimos trescientos millones de años. Dímelas tú, anda, -aunque sea en la intimidad-, que eres un profesional exitoso. A ver si alguien les hace puto caso.

     Estoy, como ves, activamente indignada -y eso que solo he comprado el libro-, por la parte que me toca, o mejor dicho, por la que me ha tocado. Y es que mi madre, la típica Asunción de toda la vida, ha sobrevivido y sobrevive -de momento-, a una leucemia mieloblástica aguda, gracias a la SANIDAD PÚBLICA y a los cuidados que recibió por parte de su familia (dos hombres y dos mujeres, en ese orden) y del personal de la antigua residencia, tal vez un  poco más anormal y retrasada que el nuevo hospital, pero donde la diagnosticaron y trataron (mujeres y hombres, por ese orden), en general, muy bien. Y encima, gratis. Qué escándalo.

     Estoy indignada, te repito, y me activaré aún más, porque sé que cada recorte en nuestro Sistema Nacional de Salud es una incitación al odio y a la violencia, aunque nadie lleve a nadie a los juzgados. Y porque cuando esos recortes afectan a tu propia VIDA, a la de alguien a quien conoces o a quien quieres con toda tu alma, tu corazón, o tu cerebro, te entran unas ganas locas de salir a la calle y provocar, a modo de excentricidad primermundista, un pifostio africano, esa matata mingui que en lingala significa, escribió Pérez-Reverte (a quien he leído, leo y seguiré leyendo), jaleo del carajo. Pero tranquilitos, que no queremos volver al 36.


     No estoy ni estaré en contra de la construcción de nuevos hospitales siempre y cuando, claro, estos sirvan para algo más que para construirlos y si se puede, sacar tajada por ello. Presuntamente. Que el hospital no es lo importante, oigan. Que si se cae un azulejo, se puede recolocar sin tener que remodelar el baño entero a costa de los fondos públicos. Que para eso se les paga a los de mantenimiento, digo yo. Y porque lo esencial no es el continente, sino el contenido. Que no estamos en un concurso de belleza. Y da un poco igual si la cristalera es o no el último grito. Porque es que cuando alguien a quien quieres está a punto de morir, no vas y te fijas en si las paredes tienen gotelé. De verdad que no lo haces, aunque seas arquitecta. O pintora. Te fijas en otras chorradas, como en si por ejemplo la estarán TRATANDO BIEN, en el amplio sentido de la expresión. Y cuando esto no ocurre, -que a veces pasa-, primero te cabreas y luego te preguntas si a su vez, ese personal que nos atiende, nos cura las heridas, contribuye a la mejora de nuestra salud y en ocasiones nos salva momentáneamente de la muerte, estará siendo, a su vez, respetado.
     La medicina es importante, claro que sí. Es lo más importante. Pero el buen trato, también influye. Y el hecho de que a veces no lo sea, también  puede responder, -en parte-, a la situación cada vez más precaria que afecta a todo aquel que trabaja en un centro sanitario, incluido el chico que vende cupones de la ONCE en la entrada, y que venderá más, -imagino-, si todos -pacientes, familiares y personal-, están contentos y pueden afrontar ese gasto a mayores. Vuelvo a decir yo. Aunque esta sea una opinión tan opinable como todas.

     Que se construya un hospital nuevo y a la vez se cierren plantas enteras en verano, que es, oh casualidad, cuando médicos, enfermeros, auxiliares, celadores, cocineros, limpiadores y personal de mantenimiento suelen irse de vacaciones y cuando, -según creen los responsables de esas decisiones-, los pacientes dejan de enfermar y morir, son cosas que no se entienden. Ni que si te da un infarto, solo pueda darte de mañana, porque en ese nuevo hospital, más inteligente que tú y que yo y que todos los putos o(u)rensanos juntos, no hay equipo de tarde ni de noche que te pueda hacer un cateterismo, o lo que sea que te tengan que hacer en estos casos en los que sientes que te mueres y te mueres y como consecuencia, prefieres que no te desplacen a otra ciudad, a una hora como mínimo, y te atiendan en la tuya, a la que le tienes más cariño y además, está más cerca. Porque no se contrata personal cualificado, que lo hay, lo hay. Ni siquiera se les enchufa, con lo que hemos sido. Y que pase exactamente lo mismo con las urgencias quirúrgicas pediátricas. Porque defender los derechos de los niños sí, pero oye, tampoco nos pasemos. Que el planeta está superpoblado.

     Y ya que estamos, voy a ampliar mi exposición comentando que tampoco he llegado a captar -y mira que le dedico horas- esta nueva manía que les ha entrado a todos con dejar un solo carril de acceso a cualquier centro de salud (pongamos por caso, Povisa, en Vigo) Porque piensas: joder, si se lía una gorda, ¿cómo van a pasar las ambulancias si la única vía de entrada está taponada por un par de coches, porque hay un accidente o, digamos, una señora en silla de ruedas a la que le cuesta un mundo bajarse? Por ejemplo. Y es que claro, ya sabemos que aquí nunca pasa nada. Hasta que te estalla en la cara un Madrid, o un Barcelona, o un Angrois y hace picadillo tu estrategia de humanización y de aceras sin sentido de ocho metros (petadas de mobiliario urbano), en el entorno hospitalario. Pero nada. Ustedes a lo suyo, que aún no sabemos qué es exactamente lo que es, -salvo simultanear cargos aunque no la hinquen y cobrar un pastizal por ello-, que los ambulancieros ya se las apañarán para pasar. Que pongan la sirena a toda mecha, qué hostias. Y los que vayan dentro, que se busquen la vida, que para eso han nacido. Porque lo del aborto (LIBERTAD DE DECISIÓN), ya es otra guerra, gallardoniana. Y tranquilos, que también la vamos a pelear :).

     LA SANIDAD PÚBLICA NO ES UN NEGOCIO. Bueno, vale, no voy a ir de ingenua por la vida. Pido perdón, hinco la rodilla en el terruño y rectifico: la Sanidad Pública no debería ser sólo un negocio. Y esto es algo que casi todos comprenderemos cuando tengamos que pasar, repito -por cojones-, por sus innovadoras instalaciones y por las manos de unos trabajadores cada día más subcontratados, puteados y hartos. Porque a la mayoría -jeques árabes aparte-, nos va a ocurrir. Ingresaremos a un padre, a una hija o a un Espíritu Santo, que es lo que algunos se creen que son hasta que el dramático final llama a su puerta, como a la de todos. Que esto es algo de lo que no te libras. Y perdonen que me haga publicidad, que ando un poco baja de lectores y de defensas, aunque ni se me ocurre ir a Urgencias, no vaya a ser que las colapse. Yo soy como las de antes. Prefiero morir en casa, tranquilamente y, si puede ser, por eutanásica decisión propia. Otro frente abierto. Por poner nuevos viejos temas, de actualidad.

     Y sí, ya sé que todo es dinero (y fútbol y religión y política y sexo). Que ya lo sé, joder. Pero hasta en uno de mis lemas más trillados -salud y dinero, que el resto se compra-, la salud, va por delante. Lo es todo. Ni dinero, ni amor, ni familia, ni amigos, ni libros, ni perros, ni Iker Casillas, ni Cristo Bendito bajado de su cruz. La SALUD se lo lleva todo por delante. Y por ese motivo, hay que salir en su defensa. Y tallar ese derecho en un bloque de granito de Porriño, no en la barra de hielo que ustedes nos quieren endosar.

     Y es que tampoco pedimos tanto, me parece. No les estamos pidiendo la luna, ni la muerte de la muerte. Solo que hagan su trabajo, que por algún motivo, está mejor remunerado que el de una encuadernadora o el de un minero, por hablar de paridad a ras de suelo. Y pedimos que lo hagan bien. Que lo hagan mejor. O para qué si no sirven las cuatro carreras y los dieciocho másters que se han sacado. Que sí, que vale, que sí, que también sabemos que lo suyo es muy difícil y que la vida es dura, pero es el camino que han elegido, oigan, así que no nos subtitulen la película y gestionen. O haberse dedicado a la literatura, que goza de una alta rentabilidad y cotiza en Bolsa más que nadie.
     No te jode.

     Y si cometen un error, -o varios-, pues tampoco pasa nada, aunque a veces pase. A todos nos ocurre. No hace falta ni que dimitan. Rectifiquen. Y resuélvanlo. También pueden pedir perdón, si la cosa es grave. No sé, hasta el rey de España lo hizo, y no se abrieron los mares. No parece un imposible, como ser Rafa Nadal o Susana Rodríguez. Yo es que valoro los pequeños gestos, qué quieren que les diga. Aunque te hayas cargado algún elefante. Al fin y al cabo eres el rey de un puto país. Que no gobernarás, vale. Pero reinas. Lo cual es más mejor. Y estás pidiendo disculpas. Pues oye, ALGO ES ALGO.
     Peor que lo suyo, que lo mío, que lo de Sus Majestades y que lo de todos, serán la enfermedad y la muerte, que es a lo que se enfrentan los pacientes a diario. O el hambre en el mundo, o la ablación, ya que estamos. Y ahora llámenme populista, que me pone. Y que no va a impedir que reivindique el derecho a protestar y a manifestarme, en mi casa y en la calle. Y no me abran el cajón de frases míticas de Fraga, -grabadas a fuego en mi memoria- (As leis non se fan nas rúas), si no quieren que yo les abra el de Labordeta, -grabado en el Congreso- (Pero no puede uno hablar aquí o qué... ¡A la mierda, joder!), quien, -por cierto-, me caía bastante mejor, a pesar del bigote. Es que soy jotera, como Carmen París ;).

     Y es que si ustedes pretenden desgraciar la vida de la mayoría de los ciudadanos y no procurar su bien -que es el supuesto motivo por el que todos se meten en política, además de para arruinarse-, pues que no les entre el pánico si nos pillamos un berrinche y nos concentramos en las aceras, que no serán  nuestras pero tampoco suyas y que son maravillosos lugares para jugar y patalear, porque visibilizan los problemas reales de la gente y añaden espectadores a su causa. Por si no se habían dado cuenta.

     Es que no nos dejan otra salida. Les explico :).

     Si yo fuera, por poner un ejemplo, Fátima Báñez, invocaría a la Virgen del Rocío y ya, pero como no lo soy -ni creyente, ni andaluza- tendré que cargar con esa doble tragedia, y añadirle una nueva, que es el interés que todos ustedes parecen tener en ir privatizando, des-pa-ci-to pero a pasos agigantados, la sanidad pública española. Y no es que tenga yo nada en contra de nadie, especialmente si proviene de L(o)s Peares, que eso duele más que nacer en Lugo-Lugo o en Teruel, por mucho que puedas fardar de embalse. Salvo, claro está, que pretenda arruinarme la existencia. No, Alberto, así no. Ni aunque fuera usted de mi barrio. Ni aunque fuera de mi familia. Ni aunque fuera usted mi puto hermano y lo quisiera. Escribiría esto y se lo restregaría por la cara para que se diese cuenta de su error y rectificase. Pero no nos pongamos violentos, aunque sea para tanto. Que no se nos olvida que nos hemos manifestado por un NO A LA GUERRA. Que sabemos que tiene usted su corazoncito. Y que a veces, lo muestra. Que ha perdido a un padre, que ha tenido un hijo, probablemente todo ello en la privada, cuestión que desconozco y sobre la que no me voy a informar, porque intento respetar lo que cada uno decida hacer con su vida y porque entiendo que se lo puede permitir. No es mi caso. Ni el de millones de personas. Téngalo en cuenta, haga el favor. Y no se ofenda, que no es algo personal. Lo mío es más una crítica general a todo su colectivo, así, en plan aspersor, con la esperanza de que alguna gota alcance a alguien -a quien sea-, que de verdad se moje.

      Por el  momento, me toca protestar. Y recordar durante esa protesta, pequeños detalles que tuvieron lugar en la vieja residencia de mi ciudad y de la suya, como ver entrar a un médico -del que no recuerdo el nombre, aunque me haya quedado con su cara-, en la habitación de la mujer que me parió por cesárea, para decirle: así que usted es Asunción, Asunción Fiuza. ¡La heroína de planta! Recordar la cara de absoluta felicidad de mi madre, asintiendo con la cabeza. Y la mía, al mirarla a ella. Recordar como recordaré siempre a ese hombre, porque se bajó del pedestal del que algunos jamás se apean y porque no se colgó la medalla de Dios Todopoderoso, ni se hizo el héroe. Porque quizá sepa que nadie lo es. Aunque salve una vida. O cientos de ellas. Lo recordaré, no porque se lo dijese a ella, sino porque lo dijo. Se lo dijo a alguien, que necesitaba escucharlo. Y porque gestos como ese, HUMANOS, te alegran la vida y te ayudan a querer vivirla.

     Por todo esto y no porque desconfíe de los políticos -que por supuesto que lo hago-, también voy a salir a la calle. Porque rumores como los que circulan estos días, como mínimo te indignan y como máximo te pueden hacer perder la vida, aunque tú no quieras. Y ya sé que debería hacer caso de los mensajes tranquilizadores que comparte la Xunta de Galicia por Facebook, pero es que soy más de creerme lo que me dice la chusma y el populacho, que trabajan en esto y que empiezan a rebotarse y a decir HASTA AQUÍ.

     VOY A PELEAR POR MIS DERECHOS y porque éstos también lo sean para todas las personas que decidan hacer uso de ellos. Desde la insignificancia de mi posición. Y lo voy a hacer porque no soy gilipollas, como dice Paquita. Porque soy o(u)rensana de colegio público, algo que te marca y a la vez, es marca. Porque soy de barrio y puedo demostrarlo.

      Porque me llamo Susana Pereira Fiuza y soy hija de mi madre :).

      Y porque SOY INTELIGENTE.
                                   


Este domingo (4/2/2018), a las 12.00h,
hay manifa en Santiago de Compostela.

¿Alguien se apunta?



jueves, 3 de diciembre de 2015

Hombres muertos que caminan (91)


la muerte_
Todo el mundo sabe que va a morir,
pero nadie se lo cree.

Me pregunto a qué diablos sabrá la muerte.
Me intriga todo en ella y ya no la temo. Sé de su color oscuro y barnizado, del tacto plasticoso, acolchado y hortera, de su olor a invernadero, a ausencia y a cerumen de oído. Observo su rostro deforme, las facciones hundidas, los labios morados, sus ojos congelados.
Es la pelona de los mexicanos, la sombra de pólvora de los sicarios, un orgasmo, la guadaña, el postre del gusano, un recibo de la luz. La pérdida de lo que algún día fuimos y la viva imagen de lo que uno nunca quisiera llegar a ser. Una tarde de domingo, un NO. Una cisterna vacía. Un simple corazón, que se detiene.
Sé que está ahí, allí, que madruga y trasnocha, que a veces se olvida, que siempre regresa. Es lo real, es lo seguro, es la meta. Sé que la muerte no muere.
La muerte, es mi órgano vital.