sábado, 25 de abril de 2026

Mi barrio. La farmacia.

 Hace años, alguien muy querido me decía que él no sería nada sin la industria farmacéutica. Con el tiempo, la amistad se fue perdiendo. Mi salud también. Y ahora comprendo un poco más lo que quería decir. En mi barrio hay una farmacia en la que trabajan decenas de personas. Y a la que acuden miles. Es el centro neurálgico del Calvario, o así debe ser, porque sus jarabes, sus pastillas, sus inyectables, su propóleo, nos salvan la vida. Así, como quien no quiere la cosa. Pesarse, medir la glucosa, tomar la tensión y conseguir que esta no se dispare aunque veamos las noticias todos los días, es jugar en otra liga. La ciencia nos cura, nos salva, nos ayuda a soportar la realidad. Cada píldora que sale de la Farmacia Charro, está destinada a mejorar la calidad de vida de la gente, a hacerla sonreír, de nuevo. Y, como escribía Ray Loriga, "qué más da de dónde vengan nuestras sonrisas". Si queremos, algún día, llegar a ser mayores, deberemos pasar obligatoriamente y unas cuantas veces, por estos supermercados de la salud, porque son la luz al final del túnel. Muchos de mis recuerdos de niñez, están asociados a ir con mi madre a la farmacia. En otro barrio. En otra ciudad. Donde la dependienta, Isi, me regalaba unos caramelos de fresa cuyo sabor, a día de hoy, no he podido olvidar. Por aquel entonces yo era una niña sana. Y no necesitaba más pastillas que esas. Hoy, ya adulta y con taras, frecuento este santuario donde hay un dios en el que exclusivamente creo. Y que se llama medicina.

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