Hace años, alguien muy querido me decía que él no sería nada sin la industria farmacéutica. Con el tiempo, la amistad se fue perdiendo. Mi salud también. Y ahora comprendo un poco más lo que quería decir. En mi barrio hay una farmacia en la que trabajan decenas de personas. Y a la que acuden miles. Es el centro neurálgico del Calvario, o así debe ser, porque sus jarabes, sus pastillas, sus inyectables, su propóleo, nos salvan la vida. Así, como quien no quiere la cosa. Pesarse, medir la glucosa, tomar la tensión y conseguir que esta no se dispare aunque veamos las noticias todos los días, es jugar en otra liga. La ciencia nos cura, nos salva, nos ayuda a soportar la realidad. Cada píldora que sale de la Farmacia Charro, está destinada a mejorar la calidad de vida de la gente, a hacerla sonreír, de nuevo. Y, como escribía Ray Loriga, "qué más da de dónde vengan nuestras sonrisas". Si queremos, algún día, llegar a ser mayores, deberemos pasar obligatoriamente y unas cuantas veces, por estos supermercados de la salud, porque son la luz al final del túnel. Muchos de mis recuerdos de niñez, están asociados a ir con mi madre a la farmacia. En otro barrio. En otra ciudad. Donde la dependienta, Isi, me regalaba unos caramelos de fresa cuyo sabor, a día de hoy, no he podido olvidar. Por aquel entonces yo era una niña sana. Y no necesitaba más pastillas que esas. Hoy, ya adulta y con taras, frecuento este santuario donde hay un dios en el que exclusivamente creo. Y que se llama medicina.
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