Me acuerdo de hacer en clase de plástica unos muñecos de papel cuyas articulaciones eran broches.
Me acuerdo del año que llovió e hizo tanto viento en Vigo, que se me rompieron cinco paragüas, así que acabé comprando una capa de peregrina.
Me acuerdo de las peleas a hostia limpia de dos vecinos mellizos y de cómo ganaba siempre el más joven, que era el que solía empezar el conflicto.
Me acuerdo de ir a visitar a una amiga al hospital sabiendo que sería la última vez que la vería con vida.
Me acuerdo de los pupitres de madera del colegio, todos escritos a boli, que después fueron sustituidos por los verdes.
Me acuerdo de la mecedora blanca de casa de mis abuelos, con su cojín a rayas rosas y blancas, que siempre estaba sucio, de tanto usarla. Y de como cuando se le rompieron los asientos de plástico, mi padre le hizo unos de chapa.
Me acuerdo de como los veranos se me hacían eternos cuando era pequeña y de cómo deseaba que volviese a empezar el colegio.
Me acuerdo de haber llorado por la muerte de Saramago.
