Durante el mejor verano de mi vida no hará demasiado calor,
ni lloverá. Desayunaré té matcha con jengibre,
regaliz, manzana y naranja. Las horas no pasarán demasiado lentas ni demasiado
rápidas. No morirá nadie a quien conozca. Llegará tras una primavera llena de
secaderos de congrio, de margaritas en los jardines, de silencio. Habrá
lecturas y habrá sexo, con placer y protección. Sonará una música suave, quizá
Meiuqèr, hará algo de brisa, rozaré con mis piernas el mar. Será el verano de
las carcajadas y el llanto, del brillo en los ojos. Conduciré hacia la montaña,
cuesta arriba. Comeré sardinas, metidas en medio del pan. Me pintaré las uñas del
color de una grosella, saludaré a los desconocidos, temblaré. Durante el mejor
verano de mi vida no existirá Dios. Me rodearé de árboles y de helados de
fresa. Descansaré sobre una hamaca.
Untaré tostadas con crema de cacahuete. Haré pulseras y collares con conchas
marinas. Jugaré con perros y estornudaré con fuerza y alegría. No habrá prisas,
el sol se pondrá como siempre, por el oeste y observarlo será un espectáculo efímero y bello. Durante
el mejor verano cenaré porque hay luna y bajo ella, me acordaré de todos los
momentos en que fui feliz y valió la pena. Recitaré poesía, por primera vez. Y no será un acto cursi ni banal. Será como
apoyar los pies en la tierra húmeda y echarse a caminar como una niña, un pie delante de
otro. Así, sin más, hacia donde las palabras me lleven.
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