Mostrando entradas con la etiqueta niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta niños. Mostrar todas las entradas

viernes, 8 de abril de 2022

La hojarasca

Fotografía: efialtes_fernando gonzález

Somos así de frágiles, como la hojarasca que cae al suelo con un testarudo golpe de viento. Aunque el tronco siga en pie, perdemos tantas cosas a medida que pasa el tiempo, que el desgaste de la corteza suele ser visible, palpable, brutal. De nada sirve tatuarse un corazón o una fecha. De nada sirve nada. Aquello que hagamos hoy, se borrará con el tiempo en cuanto dejen de recordarnos. Es la vida. Y sin embargo, -siempre y eternamente y sin embargo- seguimos escribiendo posts, completando álbumes de fotos, acumulando libros dedicados, quizá con el irrisorio fin de perdurar en el tiempo, de permanecer de alguna manera, de estar presentes en el mundo. Y es que nos dan miedo los finales, las grandes incógnitas, el desaparecer. Nadie ha vuelto y eso, lastima. Nadie ha dejado de morir. Y eso, aterra. Lo que importa es el camino, nos dicen. El transcurso del vuelo de cada una de esas hojas hasta que toca el suelo, dejando nuestra ramas limpias, desnudas, yermas. Lo importante es no sufrir más de la cuenta, mantener el equilibrio, distraerse mirando algún partido de tenis, no tomar azúcar ni grasas, dormir 8 horas a placer. Pero ¿quién no piensa en el después? Solo los niños están a salvo. Y de ellos, debemos aprender.

martes, 8 de septiembre de 2020

De bares IX

"Se aleja una silla de ruedas, que se cruza con una mujer que lleva una camiseta de color violeta. Una pareja camina con paso acelerado. El banco permanece inmóvil, esperando a que alguien se siente. Se escucha Bitter Sweet Symphony. Un perrito blanco y marrón tira de una señora mientras un chico avanza por el carril bici. La silla de ruedas vuelve de regreso. Otra bicicleta y dos barcos, que navegan con suavidad. Una mujer le dice a su hija para mandar hay que crecer. Una embarazada y otra silla de ruedas, que lleva una pequeña sombrilla. Un señor con cojera y chándal. Otro en pantalones cortos. La pareja de antes, de nuevo. Un dálmata saleroso, pasa trotando. También un niño gordito y con el pelo azul. Un hombre con bastón de caña. Grupos de personas con gafas de sol. Más carritos de bebés. Más perros. Más bicis. El mar, en absoluta calma. Un triciclo. Un husky. Dos brasileñas con su manicura perfecta. Una pareja de hippies. Una pareja de adolescentes. La terraza, llena de sillas plateadas. Un hombre con un caniche en el regazo. Un cuenco de patatas fritas. Una rubia que camina con rapidez. Otro niño. Un velero amarillo. Un patinete. Un negro con dos fardos de ropa. Un calvo. Señoras que se saludan. Niñas comiendo helados. El verano, que se acaba."



lunes, 22 de junio de 2015

Ne-Cesâreo

Tengo una amiga que tiene un padre con bigote, gallinero y perdiz (R.I.P).
:))))))))))))))))))))))))))))

Una tormentosa mañana en la que ambas intentábamos avanzar (seguimos en ello, seguimos en ello) por una calle peatonal, empezó a refunfuñar. 
La escuché.
No porque fuese una amiga, sino porque Me gusta que la gente idolatrable y con vocecita, se cabree. Tienen sus razones. Malos días, meses, años, décadas, vidas. A todos nos pasa. A mí, desde luego. A la perdiz de su padre, también :((.

Sobre la tristeza en general y de esa perdiz en particular, hablé en un cuento que se titula Cesâreo, como el nombre del hombre que fue su dueño -no de la tristeza, que es Patrimonio de la Humanidad-, sino de ese pajarracucho en cuestión. De como ese señor, que parece un hombre duro, un hombre cualquiera, un hombre más, demostró no serlo. De como la observó. De cómo se preocupó por un simple animalucho de corral sin nombre. De cómo lo intentó. Dar con la solución, buscar un remedio anti-tristeza. 
Colocar un espejo en el gallinero, para hacerle creer que no está sola. Menuda idea, dijo su hija. Bueno, algo es algo, le dije yo.

No tengo ni que deciros que me encantó. Porque es algo bonito, tierno, sencillo. Una ocurrencia, pues como de niño. Graciosa. De las que te hacen :))))).

No le dediqué mucho tiempo al cuento, la verdad, porque no lo tenía. 
Pero lo escribí. 
Estaba leyendo Peter Pan y me gustaron pequeños detalles del estilo de James Mathew Barrie, como cuando habla de un crío, que buscando un penique a la orilla de un estanque, encontró tres. O algo así. 
Parece ser que este Barrie, era un buen tipo :).

Luego lo envié al Concurso de Cuentos de Temática Infantil de la Asociación Unión Cultural Zona Sur de Valladolid, simplemente porque encajaba en cuanto a extensión y estas cosas. Sin mayores pretensiones. 
Le dieron un tercer premio :).
Sé que debería haberle dado alguna vuelta más antes de enviarlo. Falla el pre-final, fallan algunas cosas. Y para que algo sea redondo, completo, bueno, para que le den el diez, el primer premio, es necesario dedicarle tiempo dentro del tiempo que no tenemos. Tiempo del bueno, tiempo desde dentro. Pero yo no lo tenía. Y mi objetivo no era ganar. Era escribir, dentro de lo negativo del momento, un cuento para niños, un cuento con un buen final.
Lo hice.
Luego me miré al espejo, como la perdiz. Y no se rompió, aunque no era feliz, porque el reflejo no era una mentira. Era yo, que seguía allí, conmigo, con quien nunca me he llevado del todo mal. 

Puede que la vida no sea un cuento para niños, puede que porque desde luego ponemos todo nuestro empeño en que no lo sea. Pues refunfuñemos lo que queramos pero empeñémonos en lo contrario mientras podamos pasar las páginas, porque del final, es que no nos vamos a librar. 

Nada es tan difícil. Nada es imposible. Se trata simplemente de querer querer. No es mucho más que eso. Así que intentémoslo antes de que nos impriman un FIN y nos encuadernen :). 

Mucha suerte a todos.