lunes, 25 de mayo de 2026

Mi barrio. Los libros.

Nunca he vivido tan cerca de una biblioteca ni de una librería y este es un hecho que me conduce a ser, un tanto más feliz que antes. Los libros han constituido el mayor soporte vital que he tenido en mis 46 años de existencia. Son el familiar que no te juzga, el amigo que no falla, el amante generoso, el objeto de valor incalculable. No hay nada que no mejore dentro de ti cuando lees algo que te apasiona, que te enseña, que te ayuda a entender y a procesar la vida. No hay nada que no se expanda cuando visitas una biblioteca, llena de silencio y de respuestas, de sabiduría y de placer. En el entorno en el que vivo hay una, la Biblioteca Xosé Neira Vilas, espacio acogedor y luminoso, repleto de prensa, libros y pelis, con un hueco reservado a lo infantil. También varias librerías, pero a una de ellas -la de libros de segunda mano- la hemos dejado echar el cierre. Puede que no falten las ganas de leer, pero sí el dinero, que en los últimos tiempos se destina a pagar el alquiler y la comida, desamparando a todo lo demás. Aunque a veces un libro sea tan necesario como un plato de paella. Porque te entretiene, te hace pensar, te ayuda a fantasear, te hace compañía y a veces, te salva. Por eso siempre hay que tener alguno a mano, varios en la mochila y muchos allí donde vivamos. Recordemos, si no, el famoso y eficaz dicho popular moderno: "si vas a su casa y no tiene libros, no te l@ folles." 

lunes, 11 de mayo de 2026

El cuaderno gris

"¿Libros? Nunca he leído ninguno... ¿Es que no tenemos bastantes problemas?- dijo Pardal con una cara triste, estirada, el ojo cargado de densidad humana, canino, aterciopelado."

                                    Josep Pla

                                    Editorial Planeta. Austral.

sábado, 25 de abril de 2026

Mi barrio. La farmacia.

 Hace años, alguien muy querido me decía que él no sería nada sin la industria farmacéutica. Con el tiempo, la amistad se fue perdiendo. Mi salud también. Y ahora comprendo un poco más lo que quería decir. En mi barrio hay una farmacia en la que trabajan decenas de personas. Y a la que acuden miles. Es el centro neurálgico del Calvario, o así debe ser, porque sus jarabes, sus pastillas, sus inyectables, su propóleo, nos salvan la vida. Así, como quien no quiere la cosa. Pesarse, medir la glucosa, tomar la tensión y conseguir que esta no se dispare aunque veamos las noticias todos los días, es jugar en otra liga. La ciencia nos cura, nos salva, nos ayuda a soportar la realidad. Cada píldora que sale de la Farmacia Charro, está destinada a mejorar la calidad de vida de la gente, a hacerla sonreír, de nuevo. Y, como escribía Ray Loriga, "qué más da de dónde vengan nuestras sonrisas". Si queremos, algún día, llegar a ser mayores, deberemos pasar obligatoriamente y unas cuantas veces, por estos supermercados de la salud, porque son la luz al final del túnel. Muchos de mis recuerdos de niñez, están asociados a ir con mi madre a la farmacia. En otro barrio. En otra ciudad. Donde la dependienta, Isi, me regalaba unos caramelos de fresa cuyo sabor, a día de hoy, no he podido olvidar. Por aquel entonces yo era una niña sana. Y no necesitaba más pastillas que esas. Hoy, ya adulta y con taras, frecuento este santuario donde hay un dios en el que exclusivamente creo. Y que se llama medicina.