lunes, 23 de marzo de 2026

Mi barrio. Las galerías.

Cada día, si puedo, sobre las seis y media de la tarde, me tomo un café en las galerías del Calvario. Claro que hay muchas cafeterías por la peatonal con terraza al are libre, pero yo prefiero la del Filipo, el bar pequeñito y discreto que pone sillas y mesas a lo largo de ese pasillo interior con suelo de terrazo. Dentro de ellas, -de las galerías- conviven una tienda de ropa, un centro de estética, un fotógrafo y un zapatero, oficios que tienden a desaparecer, pero que de momento, dan la batalla frente a un cajero del Banco Santander. Tanto en los días de lluvia y de frío, como ahora que llega el calorcito primaveral, la terraza de las galerías, se llena. Abuelas con perritos, parejas, grupos de jubilados que se reúnen para charlar, niños que corretean por todas partes en plan majareta y vecinos que tienen aquí dentro su portal. Yo me siento en una de las mesas del fondo, para verlos a todos en esta especie de túnel y al fondo, la calle. Mirar para afuera es como colocar una cámara de cine que lo registra todo: el comercio de enfrente, los portales y pasando continuamente, la gente y sus vidas a cuestas, que a veces paran a descansar en el banco de madera. La señora con un chaleco rosa de pelo, una embarazada, el chico con un casco rojo, son ejemplos. Fauna de un barrio que me apasiona y que se deja contemplar sin reparos, deseando tener un futuro cinematográfico o literario pero que de momento se conforma con una entrada en este humilde blog. Lo escribo mientras un perro salchicha negro me mira con ojitos tiernos. Así que debo dejarlo todo e ir a acariciarlo :).




lunes, 9 de marzo de 2026

El jardinero y la muerte

 "Es importante darles la mano mientras se mueren, le digo a un amigo que también ha perdido a su padre.

También es importante soltarlos después, responde él tras un breve silencio."

                     Gueorgui Gospodínov                                               Editorial Impedimenta

domingo, 22 de febrero de 2026

Mi barrio. La mudanza.

Se abre un pequeño hueco en el horizonte de cada mudanza. Un hueco que llenas de cajas, que a su vez llenas de ropa, de recuerdos, de libros, de todas tus pertenencias de diecisiete años atrás. Y limpias una casa, y a veces hasta lloras recordando lo que dejas en ella mientras escuchas Suzanne, de Leonard Cohen: inocencia, enfermedad y algo de amor. Pero te mueve la ilusión de lo nuevo, del bullicio que sustituirá la calma, de los vendedores de la ONCE y todos los loteros que te ofrecerán nuevas oportunidades de forrarte. La ilusión de volver a la calle en la que viviste hace veinte años, cerca del viejo verde de tu vecino, al lado de una churrería que se llama Manolito, a un piso con galería por el que pagas 200 euros más. La mudanza, que prometía ser terrible y cabrearte, te ha salido por un precio razonable y no te ha agriado el carácter. La mudanza ha renovado tus energías, te ha aportado ganas de vivir y desembalar. Ahora por fin, vuelves a cocinar en casa, donde el café sabe más a café y tomas helado y verduritas, porque tu congelador funciona. Ya no hay cuestas ni escaleras que subir. Sólo una peatonal, llena de vida, esperando a que tú, por fin, decidas vivirla. 

lunes, 9 de febrero de 2026

El infinito en un junco

 "He crecido, pero sigo manteniendo una relación muy narcisista con los libros. Cuando un relato me invade, cuando su lluvia de palabras cala en mí, cuando comprendo de forma casi dolorosa lo que cuenta, cuando tengo la seguridad - íntima, solitaria- de que su autor ha cambiado mi vida, vuelvo a creer que yo, especialmente yo, soy la lectora a quien ese libro andaba buscando. "

                                                               Irene Vallejo

                                                               Ediciones Siruela