"El día de la partida la ayudamos a arreglarse como si fuera a una fiesta: su mejor vestido, limpio y planchado para la ocasión; aquellos pendientes, regalo de un aniversario de boda, que eran los que más le gustaban, aunque ahora fuese incapaz de recordar el significado sentimental que tuvieron siempre para ella. Yo le puse un toque de rubor en las mejillas y un carmín discreto en los labios. "Mira qué guapa estás", le dijimos mostrándole su reflejo en el espejo de luna del armario, y ella pareció reconocerse y, como siempre coqueta y orgullosa de su buen gusto, sonrió a su imagen. Se la veía contenta y no preguntó adónde íbamos, qué habíamos metido en la maleta, por qué nos marchábamos ahora ni quien iba a hacerse cargo de su casa y de sus cosas, las cosas en otro tiempo queridas que ahora quedaban desordenadas en aquel piso que cerramos con dos vueltas de llave.
Ni siquiera echó una ojeada a lo que dejábamos atrás, ni una leve despedida hacia una casa que fue su mundo durante toda la vida y a la que probablemente nunca más iba a volver, aunque ella fuese incapaz de pensarlo o de preverlo, porque el futuro no existía y el pasado estaba dejando de existir."