Se acabó.
De repente, te has muerto.
Y ya nunca más podré verte,
ni escucharte, ni olerte.
No volveremos a hablar
sobre aquello que nos preocupa,
y que nos hace infelices.
De repente, todo se ha muerto:
la carcajada que te tenía preparada,
el último retazo de alegría
te los has llevado hoy,
cuando la vida continúa
con toda su crueldad.
Pero sé que te recordaré
cada día, cada mes, cada año, un poco más,
sé que no te irás nunca del todo
porque lo que has volcado en vida
es demasiado bueno, demasiado bonito,
demasiado brillante
como para pasar desapercibido
a mi apenado corazón.
Te quiero, Carmela.