"El mercadillo de antigüedades era como si Dios hubiera tropezado y se le hubiera vaciado la bolsa. Gente amontonada entre objetos, objetos amontonados entre la gente, vestigios de vidas pasadas entrelazadas en filas multicolores, como el cabello de las fotos antiguas de la abuela. Todos aquellos cacharros en otra época imprescindibles, que yacían ahora como vísceras en la cuneta, me deprimían. Nunca he comprendido el encanto de esas ferias, pero, como mi madre las encontraba fascinantes, he llegado con el paso de los años a no perderme ni una, a buscarlas incluso en todos los países que he visitado."