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lunes, 8 de noviembre de 2021

La cabeza no para

Saber darle vueltas al coco, es un arte.  La mayoría de las veces pensamos en negativo y en nuestros problemas. Son pensamientos tiovivo, pensamientos garrapata de los que no logramos deshacernos. Esperamos a que se desintegren con el tiempo, como un cadáver, pero nada. Hasta la más leve chorrada puede hundirnos en la miseria. Y es que en el fondo nos gusta torturarnos con ese desamor, esa amenorrea, esa vejez de nuestros padres, esa muela que hay que arrancar. Si nos dieran un euro por problema, no tendríamos que trabajar. Nos encanta fantasear con lo malo, vivir en la pesadilla, arrastrarnos ante el drama. Pero ¿y los días buenos? Detrás de una jornada espantosa puede llegar la felicidad, la risa incontenible, el éxtasis. Y no eres tú la bipolar, sino la vida. Todos hemos tenido unas enormes ganas de morir y tras una noche, hemos amanecido pletóricos, como seres invencibles a los que calienta ese rayito de sol en pleno invierno. Deberíamos guardar el elixir de esos días para pulverizar un poco sobre los corrientes, que son la mayoría. Y es que apenas se habla de la maravilla de los días normales, que no son solo el nombre de una novela, sino las latas de conserva de la rutina, que es aquello que echas de menos - dice el Ruizcionario- cuando te programan una biopsia. Todos tenemos un récord Guinness en estos días y no por ello nos sentimos especiales, sino todo lo contrario, como si repetirnos una y otra vez en el proceso de la existencia no fuese un verdadero milagro. Ya puestos a pensar, pensémonos bien. Y bendigamos lo cotidiano.


 

lunes, 5 de octubre de 2015

Hombres muertos que caminan (32)


_los problemas
...huyo para ignorar,
pero no puedo ignorar que huyo...

Lo que sé de ella es lo que sé de todo lo demás. Que nada es lo que parece. Y que no valemos demasiado. Ni siquiera los que miran por encima del hombro y te perdonan la existencia, porque en cuanto se escarba un poco sale el humo, que venden a precio de azafrán.
           Uno no tiene más que mirar a su alrededor y poner la oreja para saber que cada caminante ata a las botas docenas de problemas. El que nació ciego, el que perdió a su madre, la que tiene cáncer, los que gastan más que ingresan, el que no ve cumplido ningún deseo, la que tiene dueño, uno al que le nacieron los críos pegados, aquel que necesita un riñón, los otros dos, que se están separando, el hijo de alguna, que no tiene padre, aquel otro, que lo tiene y lo mata, la de la joyería de la esquina a la que están robando, la abuela de esta niña, a la que se le descolgó la cadera, las de la frutería, que hace un par de meses que no cobran, los secuestrados, aquel que levantó vuelo pero no logra aterrizar, el novio al que plantaron en el altar, la que es puta sin alternativa, el ejecutivo que perdió millones en bolsa, a la que le llevó el coche la grúa, los que se quedaron dormidos y perdieron el barco, la que padece insomnio, los que viven en jaulas o incluso los que se están muriendo en este momento.
           Por más que prefiramos ignorarlo, antes o después, hasta las cabezas más limpias se llenan de piojos.