miércoles, 16 de diciembre de 2015

Hombres muertos que caminan (104). Agradecimientos.

A todos los autores que he citado, por los libros que han escrito. 

A los amigos inofensivos,
por demostrar que no son términos contradictorios. 
Gracias. 

A Miguel, 
para que deje de pensar en la muerte 
muchos más días de los que nadie debería. 
Por sus palabras,por ayudarme,por su regalo de cumpleaños.
Para que viva sin miedo, para que siga caminando.
Gracias. 


A mi madre, que me desgració la existencia dándomela.
    Porque le encuentra el puto sentido y no abandona, ni a tiros :).


A mi hermano.
    Por su capacidad para enfrentarse al reconocimiento de un cadáver ;).
    Y a casi cualquier drama.


A Carmen, por leerme desde siempre, por quererme, por preocuparse.
    Por merecerse la vida.



A todas las personas que generan la ilusión 
que genera el cambio.
GRACIAS. GRACIAS. GRACIAS. 

A quienes enfrentan lo peor de sí 
y consiguen mejorarlo.

A todas las prendas delicadas. 
Que lo son, por algo.


Aunque esto sea una mierda,
y nosotros completamente imbéciles

VIVAMOS

 

martes, 15 de diciembre de 2015

lunes, 14 de diciembre de 2015

Hombres muertos que caminan (102)


_ último mensaje de voz

          Joder, por precio como una llamada esto de los mensajes, ésto es un negocio. Bueno Marichuchi, soy yo. Que nada que tengo aquí a uno ofreciendo libros para encuadernar a ver si te interesa hacerlo a ti, pero bueno, sin ninguna prisa. Cuando vuelvas de tu viaje por lo largo y ancho de este mundo y en septiembre, me llamas.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Hombres muertos que caminan (101)


el futuro_
Inspiré profundamente
y escuché el antiguo estribillo de mi corazón
yo soy yo soy yo soy.


El agua está fría. Tal y como imaginaba.


sábado, 12 de diciembre de 2015

Hombres muertos que caminan (100)


_testigos
El miedo siempre me pone triste antes de vencerme del todo.

Desde que empezamos a salir pasamos muchas horas en este rincón, diciéndonos tonterías y mirando estrellas.
Estábamos aquí cuando ocurrió, apoyados en esta barandilla. Casi no se veía el suelo porque la niebla que sube del río lo cubre todo, así que nada nos alertó hasta que nos pasó por delante. Caminaba despacio, como dando un paseo y escuchaba música. Sonaba a tormento.
Creo que no nos vio.
Unos cinco metros más abajo, medio minuto después, escuchamos el impacto.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Hombres muertos que caminan (99)


la identidad_
Se suicida uno por todo.

Ser una suicida es una consecuencia de haberos conocido, así como también de mí misma. La semilla viajaba dentro y brotó.
Era sólo cuestión de tiempo.
No hubo una fecha concreta, un hecho por el que decidiese que iba a morir, sino que fue el propio paso de la vida el que me demostró que, si me hubiesen ofrecido esa posibilidad, elegiría no haber nacido. Poco a poco, esta cuestión de la supervivencia se convirtió en un simple problema de curiosidad que, unida a la presión social y familiar fue balanceando mis días suavemente, sin llegar nunca a colmar mis expectativas.
Sé que es en mi propia naturaleza en la que reside la llaga, que luché siempre contra nuestra tendencia a vivir en sociedad, a crear una familia, a creer en lo que no vemos. Fingir, parir, sonreír... esas parecen ser las claves del éxito, pero yo no quiero abrir las puertas por las que todo dios pasa, prefiero ser el carpintero que hace una nueva, aunque nunca llegue a barnizarla, sólo por la propia satisfacción de crearla, para enterrar luego mi llavero en cualquier tiesto.

Intenté que comprendierais que sólo quería ser libre y que por eso me acompañé de soledad, que nunca dejé que os acercaseis demasiado para no herir a nadie, para no avergonzar ni ofender, para desacostumbraros a mi presencia y suavizar la posterior sensación de ausencia... Pero no os entraba en la cabeza. 
No era posible que fuese una desviada, que mis intereses discurriesen tan lejos de los de los demás, que no me amoldase, que no necesitase al mundo en la misma medida en que este fingía necesitarme. Que no fuese a misa, que no cenase en familia, que no enloqueciese por acostarme al lado de alguien, que recorriese las calles sola como una gata brava y que no respondiese a vuestras asfixiantes llamadas. Cuando la cuestión era tan simple. 
Desestimar cualquier ansia de estabilidad. Total para qué, si una vez conseguida nadie sabe qué hacer con ella.
No. Se trataba de algo muy diferente. Depender sólo de mí, asumiendo que no me sentiría menos sola por vivir más acompañada. Pero fue imposible. Siempre había alguien rodeándome, retrasando cruelmente mi deseo, obligándome a entrar en el círculo o a rendirme...
Me agoté porque era diferente, siempre lo sería, y batirse contra el mundo, hace espuma y desgasta a cualquier roca. Por eso elegí deshacerme de esta verdad como de una asquerosa flema y agitar por fin, la bandera blanca.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Hombres muertos que caminan (98)


_un final cualquiera
Todo pasa.

El primero al que avisaron fue a su hermano.
Era el Aa de su teléfono móvil, y la persona adecuada. Ella sabía que la tenía, como lo sabíamos todos. La capacidad para sobreponerse a cualquier cosa, a tener que identificarla.
Apenas tardó un minuto, que le descompuso la expresión.
Nadie más pudo, ni quiso verla, salvo una enfermera y amiga suya. Alguien que lo sabía. Que era una suicida. Alguien que la quería.
A los demás, nos superó el pavor de no soportarlo, de materializar su muerte en nuestras cabezas, de sentirla fría y mustia, el asco, el hacer cualquier estupidez. También porque la preferíamos viva y sonriente, visceral y apasionada, mal hablada, terca como una mula. Próxima y cálida.
En cuanto le dieron la noticia, la madre se puso como loca. Pasó los dos días de velorio en el hospital, agarrada a una carta que le había escrito.
Los demás, ayudamos en lo que pudimos a prepararlo todo como ella había dispuesto. Es decir, a lo sencillo.
Y así fue.
El día terminó con un auténtico viaje en globo sobre su ciudad, sobre sus puentes, sobre sus horas caminando, sobre su vida hecha polvo cayendo a un río que la eligió y que nos hizo sentir, mientras disolvía sus cenizas, que después de esa muerte, como después de cualquier otra, nada volvería a ser, nunca, como antes.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Hombres muertos que caminan (97)


el peligro informativo_
Cuando se sale del mar, el mar continúa allí.

Será un caso mediático porque la opción que se barajará desde que aparezca mi cuerpo será la de un posible asesinato. Pero en cuanto registren mi casa, las pertenencias y aparezca lo que he escrito, casi dejará de importar el informe forense.
Rectificadas las primeras informaciones, los periodistas querrán más. Indagar en las causas, hacerse con las memorias, eso será lo que precipite el debate sobre un tema que no es, ni por asomo, tratado habitualmente. Se realizarán montones de averiguaciones, encuestas y sucederá lo que nunca ha sucedido: se harán públicos todos los datos, propiciando que el suceso se convierta en un lucrativo negocio. Se personarán en el domicilio familiar los diferentes medios de comunicación, para seguir la evolución de mis parientes y amistades, las editoriales registrarán cifras nunca vistas por la publicación de lo más íntimo, que de repente se convertirá en una demanda social.
Muchos especialistas saldrán a la palestra escandalizados. Por esa actitud moralmente deplorable, en cuanto que supondrá ignorar una de las principales estrategias de prevención pública del suicidio, la de evitar a toda costa la difusión de este tipo de noticias con un carácter sensacionalista. Informar sería, en estos casos, la peligrosa causa que traería como consecuencia el ya olvidado efecto Werther. Y la censura, defenderán, como lo fue entonces, será la solución más adecuada para evitar una sugestión masiva hacia una conducta autodestructiva.
Contrarios a esta opinión, así como a los dardos tranquilizadores de los poderes públicos, habrá otros tantos favorables al destape informativo, a dar a conocer la verdad, a hablar de cifras, causas, contextos, perfiles, métodos y tipologías, así como al fomento de los estudios destinados a averiguar qué es lo que falla en las sociedades de los países desarrollados para que el índice de suicidios se dispare.
Y mientras estos se baten a duelo, –también contra aquellos que defenderán que suicidarse es un lujo, una excentricidad burguesa– brotarán como setas los teléfonos de la esperanza, asociaciones para la prevención del suicidio, organizaciones en defensa de una muerte libre y oficinas de voluntariado que se centrarán en la celebración de montones de congresos destinados a la sensibilización social y al fomento del debate.

Al margen de todo este follón, se alcanzará un verdadero logro derivado de todo ese barullo, a mayores, claro está, de la creación de numerosos puestos de trabajo pagados por estos grupos reivindicadores de lo suyo a base de chupar las correspondientes subvenciones estatales. Ese logro, será la reedición completa de las obras de Goethe.
Quienes me hayan conocido, sonreirán pensando que, de haberlo sabido, lo habría hecho mucho antes.