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jueves, 8 de septiembre de 2022

Espías

Fotografía: efialtes_fernándo gonzález
Ya nos pasó con las mirillas. Con ese nombre, qué imaginábamos. Quién no ha estado pendiente de la entrada a casa de un vecino buenorro, quién no ha vivido una discusión en el descansillo tras la puerta, quién no ha sucumbido a mirar por el agujerito acristalado. Ni un dios podría resistirse. Y aunque los tiempos han cambiado, nos sigue fascinando eso de espiar. Ahora todo es un poco más líquido, vale, ahora todo es una red social, pero en ella también sucumbimos al cotilleo. Sin caer en la excentricidad de las cuentas falsas, los curiosos somos seres algo vacíos, probablemente tímidos, seguramente desconfiados, que buscamos lo que está a la vista de todos y sin embargo pasa desapercibido, es decir, la pepita de oro en medio del lodazal. Observar disimuladamente a alguien requiere tiempo, paciencia, curiosidad y por lo general, cierta dosis de amor. Se espía a la familia, a los amigos, a la pareja, a los enemigos, a los ex y por supuesto, a los famosos. Y es que todos llevamos un fan en nuestro interior. Permitir que este muera es un acto de crueldad, de desidia, de irresponsabilidad. Así que necesitamos contenido, publicaciones, chicha, porque en realidad somos como pequeños gorilas atrapados en la jaula de un zoo esperando a que ese visitante que también nos mira intrigado, nos acerque el último cacahuete de la bolsa. A qué estará esperando. Si el tiempo es un maní.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Hombres muertos que caminan (85)


la curiosidad_
Aquí, aprendes a durar.

El hecho de no tener por qué llorar era un motivo para ser feliz. La regularidad, la estabilidad anímica, la nada.
Pero cómo conseguirlo si no quedaba nadie que no me hubiese decepcionado, cuando no lograba diferenciar entre buenos y malos porque todos escondían algo, esas virutas de decepción y dolor enfocadas a alimentar la crueldad.
Al principio incluso era un alivio. Dejar pasar los días. Muy humano. Acomodarse y permitir que siguiesen transcurriendo los acontecimientos. Sin embargo, sentía el peligro cuando los ataques de llanto se espaciaban demasiado en el tiempo. Sabía que se aproximaba una brutal recaída.
Para ponerle fin a la situación, traté de empezar por el principio y organicé una sesión continua de rememoraciones. Después de esa semana, dejé de recordar. Considerar que cualquier tiempo pasado había sido mejor era una actitud disuasoria de la que debía prescindir. También de la curiosidad, el principal motivo que me mantenía con vida, porque el corazón late por sí solo, no hay más.
Vivir es el mayor de los actos involuntarios, es de manual que se trata de un cajón vacío lleno de calcetines perforados y que con ser mediocre, con conformarse con resistir, llega de sobra. Los acontecimientos sólo te avasallan si te detienes a observar el comportamiento humano, en vez de imitarlo.
Interrumpir lo cotidiano, preparar, por ejemplo, tu propia muerte, es lo que agota.

lunes, 27 de julio de 2015

La curiosidad

                                                    siempre pica :).
Foto: Elena de Andrés Iglesias