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| Fotografía: efialtes_fernándo gonzález |
Ya nos pasó
con las mirillas. Con ese nombre, qué imaginábamos. Quién no ha estado
pendiente de la entrada a casa de un vecino buenorro, quién no ha vivido una
discusión en el descansillo tras la puerta, quién no ha sucumbido a mirar por
el agujerito acristalado. Ni un dios podría resistirse. Y aunque los tiempos
han cambiado, nos sigue fascinando eso de espiar. Ahora todo es un poco más líquido,
vale, ahora todo es una red social, pero en ella también sucumbimos al
cotilleo. Sin caer en la excentricidad de las cuentas falsas, los curiosos
somos seres algo vacíos, probablemente tímidos, seguramente desconfiados, que
buscamos lo que está a la vista de todos y sin embargo pasa desapercibido, es
decir, la pepita de oro en medio del lodazal. Observar disimuladamente a
alguien requiere tiempo, paciencia, curiosidad y por lo general, cierta dosis
de amor. Se espía a la familia, a los amigos, a la pareja, a los enemigos,
a los ex y por supuesto, a los famosos. Y es que todos llevamos un fan en
nuestro interior. Permitir que este muera es un acto de crueldad, de desidia,
de irresponsabilidad. Así que necesitamos contenido, publicaciones, chicha,
porque en realidad somos como pequeños gorilas atrapados en la jaula de un zoo
esperando a que ese visitante que también nos mira intrigado, nos acerque el
último cacahuete de la bolsa. A qué estará esperando. Si el tiempo es un maní.

