Se abre un pequeño hueco en el horizonte de cada mudanza. Un hueco que llenas de cajas, que a su vez llenas de ropa, de recuerdos, de libros, de todas tus pertenencias de diecisiete años atrás. Y limpias una casa, y a veces hasta lloras recordando lo que dejas en ella mientras escuchas Suzanne, de Leonard Cohen: inocencia, enfermedad y algo de amor. Pero te mueve la ilusión de lo nuevo, del bullicio que sustituirá la calma, de los vendedores de la ONCE y todos los loteros que te ofrecerán nuevas oportunidades de forrarte. La ilusión de volver a la calle en la que viviste hace veinte años, cerca del viejo verde de tu vecino, al lado de una churrería que se llama Manolito, a un piso con galería por el que pagas 200 euros más. La mudanza, que prometía ser terrible y cabrearte, te ha salido por un precio razonable y no te ha agriado el carácter. La mudanza ha renovado tus energías, te ha aportado ganas de vivir y desembalar. Ahora por fin, vuelves a cocinar en casa, donde el café sabe más a café y tomas helado y verduritas, porque tu congelador funciona. Ya no hay cuestas ni escaleras que subir. Sólo una peatonal, llena de vida, esperando a que tú, por fin, decidas vivirla.
Pues a disfrutar... que es lo importante.
ResponderEliminarY que ese nuevo hogar se llene de amor y esperanzas geniales.
La vida son dos días y nosotros seguramente más de uno ya lo hemos gastado.
Cuídate mucho.
Jaja, gracias barrilete, por seguir por aquí. Voy a tener que ponerte un piso!!
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