lunes, 19 de enero de 2026

Mi barrio

 Hace aproximadamente año y medio, comencé a vivir, -como aconseja Juan Luis Arsuaga- deliberadamente. Cambió mi lugar de trabajo y me mudé de barrio. Volví al Calvario, a la misma calle que habité hace casi veinte años y eso me ha convertido en una persona relativamente feliz. Aquí, junto a la peatonal que lo atraviesa, lo tengo casi todo. Y he aprendido que en ese "casi" reside la gracia, la ilusión permanente de algún día alcanzar lo demás. Ya veremos qué y para qué. Pero ese es otro tema.

Por ahora y de momento, me maravilla empezar el día escuchando la indie y cruzándome a los vecinos más madrugadores y a los moteros que reparten churros a las siete y media de la mañana. El trayecto al trabajo, -que hago a pie- es un momento epifánico, -lo juro-, desde que he dejado de escuchar las noticias en la radio. Cuando salgo, ya hay verdaderamente vida en el lugar. Veo a los Jorges, repartidores majísimos de Gls que aún no han acabado su turno, a montones de personas en las cafeterías, el Mercado, la frutería el bazar chino, las librerías, el fotógrafo de las galerías, el zapatero, la heladería, la clínica veterinaria de animales exóticos, el supermercado, la farmacia, el estanco, las churrerías, la administración de loterías que algún día me hará millonaria... en fin. La vida que quiero, de momento, se encuentra aquí. Donde los vecinos me saludan y los yonquis venden mecheros de colorines por la voluntad. Qué más se puede pedir siendo, en origen, una orensana del 21.

Este es un barrio bullicioso, pero tranquilo. Lo que yo llamaría un lugar optimista, -plagado de vendedores de la ONCE-, si no fuera por la cantidad de personas que piden y viven en la calle. No es el paraíso, pero a mí me encanta. Cuando vuelvo a casa, -casi a cualquier hora- siempre me encuentro a un conocido,-el típico tipo que no se mueve de la puerta del bar y que suele estar cocido, que me dice "chao, cariño" con una sonrisa y su acento uruguayo, porque lo saco de su rutina y se alegra de verme. Yo también. Y a veces pienso que nada en mi día, que nada en ningún día, podrá superar ese momento.

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