El olor a pan calentito es una de esas sensaciones que te ofrece la vida, tirando a insuperable. Aunque el producto ya no es, ni por asomo, el producido por la maravillosa panadería familiar de mi pueblo, cada obrador de barrio actual, lo hace lo mejor que puede. En mi calle hay una panadería que ya tiene la persiana abierta cuando voy a trabajar. Es bastante temprano, pero ellos llevan horas en el horno. Cada mes, un camión aparca sobre la acera y dos operarios descargan a hombros los sacos de harina. Las palomas lo saben, y se acercan a picotear algún resto que pueda caer al suelo. Pronto salen cajas enteras de barras, bollas, bollos, chapatas, baguettes, artesano. Y también la bollería, las tartas, los pasteles de crema. Todo tiene una pintaza. Y todo engorda, claro. Pero no es para tanto si se consume en su justa medida. Que nos quiten lo bailao. Ahí compro de vez en cuando el pan y, cada año, la tarta de cumpleaños semifría que llevo al trabajo. Ahí me saludan las dependientas, aunque no entre, algunos días. Ahí se fragua la cotidianeidad de la vida familiar, de cada casa del barrio. Y ahí pienso, de vez en cuando, cuando paso por delante, que si hay un lugar adecuado para morir, es una panadería. Con un buen empacho de masa madre.