Mostrando entradas con la etiqueta estanco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta estanco. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de junio de 2026

Mi barrio. El estanco.

 Sé que en otra vida he sido fumadora empedernida. Y lo intuyo al sentir mi cara de deseo cuando veo las diferentes poses de la gente fumando ante mí, ignorando mi estremecimiento. Es una broma y a la vez verdad, esto que digo. Cuando se aprobó la Ley Antitabaco, pensé sinceramente que el mundo se vendría abajo, que millones de cuerpos explotarían, que arderían los contenedores y las calles. Pero nada. Rien de rien. La gente se acostumbró a ello como nos acostumbramos a la corrupción, a la guerra y a la calle de las putas. La mitad de la población, feliz porque su pelo ya nunca más olería a tabaco al salir de un bar. La otra mitad, sencillamente claudicó. Hay algo de chulería, de superioridad, de sensación de haber ido y estar de vuelta, en esta cosa del fumar. Eso es lo que me gusta, claro y no que cause impotencia, como especifican ahora las cajetillas. Fumar te da un aura de misterio, te coloca en un lugar específico y te cataloga, como mínimo, como nuevo rico. Pero el precio es lo de menos. Lo que importa es a dónde te conduce cada calada, dónde te sitúa, a dónde te lleva. Alguna vez he ido al estanco del Calvario a comprar Golden Virginia y lo he liado mientras escribía en mi portátil. Como se ha hecho siempre. Buscando la inspiración. Pero nada. Alguna vez le he encendido un cigarro a alguna amiga fumadora mientras ella conducía y me decía: "qué estilazo." No me extraña. Sé que lo he hecho otras veces. Sé que se me da bien. Con todo y con eso, la educación que he recibido me ha marcado e impedido que fume. Pero admito que nada me gustaría más, como acto de rebeldía, que mandar a la mierda al Estado y a mis queridos padres y ponerme a tragar humo como una condenada. Así que al tiempo.