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| Foto: FranVN |
"El sexo con Daniel es el mejor de mi vida y esa es la razón. Hay muchísima gente en nuestra cama y todos somos nosotros dos, una auténtica orgía cada noche."
Nunca he vivido tan cerca de una biblioteca ni de una librería y este es un hecho que me conduce a ser, un tanto más feliz que antes. Los libros han constituido el mayor soporte vital que he tenido en mis 46 años de existencia. Son el familiar que no te juzga, el amigo que no falla, el amante generoso, el objeto de valor incalculable. No hay nada que no mejore dentro de ti cuando lees algo que te apasiona, que te enseña, que te ayuda a entender y a procesar la vida. No hay nada que no se expanda cuando visitas una biblioteca, llena de silencio y de respuestas, de sabiduría y de placer. En el entorno en el que vivo hay una, la Biblioteca Xosé Neira Vilas, espacio acogedor y luminoso, repleto de prensa, libros y pelis, con un hueco reservado a lo infantil. También varias librerías, pero a una de ellas -la de libros de segunda mano- la hemos dejado echar el cierre. Puede que no falten las ganas de leer, pero sí el dinero, que en los últimos tiempos se destina a pagar el alquiler y la comida, desamparando a todo lo demás. Aunque a veces un libro sea tan necesario como un plato de paella. Porque te entretiene, te hace pensar, te ayuda a fantasear, te hace compañía y en ocasiones, te salva. Por eso siempre hay que tener alguno a mano, varios en la mochila y muchos allí donde vivamos. Recordemos, si no, el famoso y eficaz dicho popular moderno: "si vas a su casa y no tiene libros, no te l@ folles."
"¿Libros? Nunca he leído ninguno... ¿Es que no tenemos bastantes problemas?- dijo Pardal con una cara triste, estirada, el ojo cargado de densidad humana, canino, aterciopelado."
Hace años, alguien muy querido me decía que él no sería nada sin la industria farmacéutica. Con el tiempo, la amistad se fue perdiendo. Mi salud también. Y ahora comprendo un poco más lo que quería decir. En mi barrio hay una farmacia en la que trabajan decenas de personas. Y a la que acuden miles. Es el centro neurálgico del Calvario, o así debe ser, porque sus jarabes, sus pastillas, sus inyectables, su propóleo, nos salvan la vida. Así, como quien no quiere la cosa. Pesarse, medir la glucosa, tomar la tensión y conseguir que esta no se dispare aunque veamos las noticias todos los días, es jugar en otra liga. La ciencia nos cura, nos salva, nos ayuda a soportar la realidad. Cada píldora que sale de la Farmacia Charro, está destinada a mejorar la calidad de vida de la gente, a hacerla sonreír, de nuevo. Y, como escribía Ray Loriga, "qué más da de dónde vengan nuestras sonrisas". Si queremos, algún día, llegar a ser mayores, deberemos pasar obligatoriamente y unas cuantas veces, por estos supermercados de la salud, porque son la luz al final del túnel. Muchos de mis recuerdos de niñez, están asociados a ir con mi madre a la farmacia. En otro barrio. En otra ciudad. Donde la dependienta, Isi, me regalaba unos caramelos de fresa cuyo sabor, a día de hoy, no he podido olvidar. Por aquel entonces yo era una niña sana. Y no necesitaba más pastillas que esas. Hoy, ya adulta y con taras, frecuento este santuario donde hay un dios en el que exclusivamente creo. Y que se llama medicina.
Cada día, si puedo, sobre las seis y media de la tarde, me tomo un café en las galerías del Calvario. Claro que hay muchas cafeterías por la peatonal con terraza al are libre, pero yo prefiero la del Filipo, el bar pequeñito y discreto que pone sillas y mesas a lo largo de ese pasillo interior con suelo de terrazo. Dentro de ellas, -de las galerías- conviven una tienda de ropa, un centro de estética, un fotógrafo y un zapatero, oficios que tienden a desaparecer, pero que de momento, dan la batalla frente a un cajero del Banco Santander. Tanto en los días de lluvia y de frío, como ahora que llega el calorcito primaveral, la terraza de las galerías, se llena. Abuelas con perritos, parejas, grupos de jubilados que se reúnen para charlar, niños que corretean por todas partes en plan majareta y vecinos que tienen aquí dentro su portal. Yo me siento en una de las mesas del fondo, para verlos a todos en esta especie de túnel y al fondo, la calle. Mirar para afuera es como colocar una cámara de cine que lo registra todo: el comercio de enfrente, los portales y pasando continuamente, la gente y sus vidas a cuestas, que a veces paran a descansar en el banco de madera. La señora con un chaleco rosa de pelo, una embarazada, el chico con un casco rojo, son ejemplos. Fauna de un barrio que me apasiona y que se deja contemplar sin reparos, deseando tener un futuro cinematográfico o literario pero que de momento se conforma con una entrada en este humilde blog. Lo escribo mientras un perro salchicha negro me mira con ojitos tiernos. Así que debo dejarlo todo e ir a acariciarlo :).
"Es importante darles la mano mientras se mueren, le digo a un amigo que también ha perdido a su padre.
También es importante soltarlos después, responde él tras un breve silencio."
Se abre un pequeño hueco en el horizonte de cada mudanza. Un hueco que llenas de cajas, que a su vez llenas de ropa, de recuerdos, de libros, de todas tus pertenencias de diecisiete años atrás. Y limpias una casa, y a veces hasta lloras recordando lo que dejas en ella mientras escuchas Suzanne, de Leonard Cohen: inocencia, enfermedad y algo de amor. Pero te mueve la ilusión de lo nuevo, del bullicio que sustituirá la calma, de los vendedores de la ONCE y todos los loteros que te ofrecerán nuevas oportunidades de forrarte. La ilusión de volver a la calle en la que viviste hace veinte años, cerca del viejo verde de tu vecino, al lado de una churrería que se llama Manolito, a un piso con galería por el que pagas 200 euros más. La mudanza, que prometía ser terrible y cabrearte, te ha salido por un precio razonable y no te ha agriado el carácter. La mudanza ha renovado tus energías, te ha aportado ganas de vivir y desembalar. Ahora por fin, vuelves a cocinar en casa, donde el café sabe más a café y tomas helado y verduritas, porque tu congelador funciona. Ya no hay cuestas ni escaleras que subir. Sólo una peatonal, llena de vida, esperando a que tú, por fin, decidas vivirla.
"He crecido, pero sigo manteniendo una relación muy narcisista con los libros. Cuando un relato me invade, cuando su lluvia de palabras cala en mí, cuando comprendo de forma casi dolorosa lo que cuenta, cuando tengo la seguridad - íntima, solitaria- de que su autor ha cambiado mi vida, vuelvo a creer que yo, especialmente yo, soy la lectora a quien ese libro andaba buscando. "
Hace aproximadamente año y medio, comencé a vivir, -como aconseja Juan Luis Arsuaga- deliberadamente. Cambió mi lugar de trabajo y me mudé de barrio. Volví al Calvario, a la misma calle que habité hace casi veinte años y eso me ha convertido en una persona relativamente feliz. Aquí, junto a la peatonal que lo atraviesa, lo tengo casi todo. Y he aprendido que en ese "casi" reside la gracia, la ilusión permanente de algún día alcanzar lo demás. Ya veremos qué y para qué. Pero ese es otro tema.
Por ahora y de momento, me maravilla empezar el día escuchando la indie y cruzándome a los vecinos más madrugadores y a los moteros que reparten churros a las siete y media de la mañana. El trayecto al trabajo, -que hago a pie- es un momento epifánico, -lo juro-, desde que he dejado de escuchar las noticias en la radio. Por la tarde, cuando salgo, ya hay verdaderamente vida en el lugar. Veo a los Jorges, repartidores majísimos de Gls que aún no han acabado su turno, a montones de personas en las cafeterías, el Mercado, la frutería el bazar chino, las librerías, el fotógrafo de las galerías, el zapatero, la heladería, la clínica veterinaria de animales exóticos, el supermercado, la farmacia, el estanco, las churrerías, la administración de loterías que algún día me hará millonaria... en fin. La vida que quiero, de momento, se encuentra aquí. Donde los vecinos me saludan y los yonquis venden mecheros de colorines por la voluntad. Qué más se puede pedir siendo, en origen, una orensana del 21.
Este es un barrio bullicioso, pero tranquilo. Lo que yo llamaría un lugar optimista, -plagado de vendedores de la ONCE-, si no fuera por la cantidad de personas que piden y viven en la calle. No es el paraíso, pero a mí me encanta. Cuando vuelvo a casa, -casi a cualquier hora- siempre me encuentro a un conocido,-el típico tipo que no se mueve de la puerta del bar y que suele estar cocido, que me dice "chao, cariño" con una sonrisa y su acento uruguayo, porque lo saco de su rutina y se alegra de verme. Yo también. Y a veces pienso que nada en mi día, que nada en ningún día, podrá superar ese momento.
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