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lunes, 2 de diciembre de 2024

Me acuerdo (48)

Me acuerdo de tirar toneladas de papel en la mudanza del taller de encuadernación.

Me acuerdo de beber vino tinto en "cunca branca".

Me acuerdo de leer a Ray Loriga en la adolescencia y pensar que era una forma de escribir nueva y diferente.

Me acuerdo de Toby, de Laika, de Pastor y de Nube, los perretes de mi familia.

Me acuerdo de dar mucho y recibir un poco a cambio.

Me acuerdo de la vergüenza que sentía al principio, de enseñar los textos que escribía.

Me acuerdo de escribir la lista de los libros que voy leyendo.

Me acuerdo del sabor de unos yogures del Froiz de naranja con trocitos de chocolate, que sólo vendieron durante una temporada.

lunes, 15 de enero de 2024

Me acuerdo (2)

Me acuerdo de nuestra perra, Laika, lamiendo la leche de un caldero que mi abuela acababa de ordeñar, mientras mi madre lo llevaba de la cuadra a casa.

Me acuerdo de haber comprado un oso de peluche, siendo adulta, por lo suave que era.

Me acuerdo de los zapatos de rejilla de mi abuelo.

Me acuerdo de tumbarme en el suelo de un apartamento de Montreal para escuchar I can´t make you love me, de George Michael y sentirme profundamente enamorada.

Me acuerdo de aprender a nadar agarrada al bordillo de la piscina grande de Oira.

Me acuerdo de un anillo plateado y negro con el cuerpo de un búho que tenía una amiga del colegio y que conseguí comprar en una feria.

Me acuerdo del mechón rubio que mi hermano logró hacerse cuando era adolescente a base de echarle agua oxigenada al pelo.

Me acuerdo de las frases ingeniosas que venían impresas en algunos azucarillos.


miércoles, 22 de junio de 2022

Perros

 

Fotografía: efialtes_fernando gonzález


Me encantan los perros. El ruidito mimoso de los cachorros cuando los coges en el regazo y los acercas a ti. Las travesuras de los primeros años, cuando mordisquean las zapatillas y zarandean las escobas con furia. Los lametazos. Acariciarles la barriga cuando se tumban boca arriba y te abrazan con las patas. Sus bostezos. Sus eructillos y sus pedos apestosos. La alegría que manifiestan en los recibimientos y la pena que transmiten en las despedidas. Su manera de enterrar los huesos. Su trufa húmeda. La expresividad de sus ojos. Su lealtad. Esa manera incondicional de querer. Los ladridos. 

Aborrezco la violencia ejercida sobre ellos, las tormentas que los atemorizan, los petardos que los aterran, a aquellos que organizan peleas, a quienes no los acarician, el moquillo, la rabia y los tumores. Detesto el abandono, la maldad y el tráfico.

Si pudiese reencarnarme, lo haría en perro. En uno como el de la foto, probablemente sin raza, posiblemente con nombre. Sería un Toby o una Laika, y me tumbaría como él al sol, para disfrutar de la tarde y de aquellos que pasan, sacan una cámara e inmortalizan tu mirada perruna, cargada de desconfianza, sorpresa y soledad.